Ramón Zubiaurre, pint.
LOS pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma y expresión a un paisaje.
Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas armoniosas.
El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos observa y sigue desde lejos.
¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros, rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y trémulos por el estremecimiento perezoso de las palmeras!
Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos, sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio ha trocado en una cosa inmunda!
Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y dominándolo todo, la torre eclesiástica.
Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus cupulillas de piedra en la simetría verde de los campos. ¡Con qué inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se ilustre verdaderamente.
A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos a la idea de la cultura y de lo universal.