¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación.

Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas, podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande, lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país, lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques, nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen grandes raciones de alubias con tocino.

El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y nervioso y hace inevitable el anhelo, cualquier forma de anhelo: el religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.

El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador, nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»...

Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu. Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo inexistente o soñado, y un afán de marchar...

El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la gente cantábrica, no fué nunca estimado. Es una estación que puede llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil, estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno.

Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica empieza a ser admitida por muchas gentes del país.

Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura, en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología; es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los frutos de la fina cultura.

En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las vendimias. Alrededor de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía, cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en el período preambular de la cultura.

La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera, prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exótico, la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir las cuerdas vagas, ideales, del espíritu.