Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes, ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo. La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural y pasa a ser candidato de la civilización.
XI
LOS BEBEDORES DE SIDRA
Ramón Zubiaurre, pint.
QUIERO hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco también hasta arrebatarles la vulgar acusación de prosaicos, sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable, que alienta en el fondo de un sidrero.
No es sólo, no, el gusto material y físico de la agridulce bebida lo que persigue el buen sidrero; debe contarse además una especie de confuso sentimiento de la bella naturaleza cantábrica, cuyo fecundo panteísmo primaveral sabe comprender el sidrero de un modo acaso infuso, pero ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagruélicas; pero tal vez sea más grato todavía unirse los camaradas en grupos de buena amistad, dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepúsculo, cuando se haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de zorzico.
Esta inmersión amable en el seno de la naturaleza es en pocos países tan gustosa como en la tierra cantábrica; tierra de idilio y de égloga donde el padre Virgilio se encontraría feliz; país de verdes colinas placenteras, suaves como una tentación a toda renuncia, y de selváticos montes que convidan a errar en caminatas sin objeto.
La primavera es en el país vasco como una tierna rosa sembrada de alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra, será quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesía. El sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devoción primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaña requiere mucha luz eléctrica, camareros patilludos y señoras escotadas; tal como la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados palmoteos.