En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el sidrero se obliga a refugiarse en las sidrerías urbanas. ¡Qué tristeza allí dentro! Es un sótano húmedo, con las paredes llenas de churretes negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso está pringoso, resbaladizo; el frío húmedo se cuela en los huesos. Una mujer llena los vasos, silenciosa y aburrida también ella, y en los paréntesis hace calceta... ¡Esto no es el modo bello de beber la sidra!

El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el caserío entre nogales, la merienda sobre el blando césped. No es solamente la sidra lo que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo más; ese algo indecible que se llama poesía. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que el corazón les baila regocijado. Ahora podrán salir de los oscuros sótanos; ahora se buscarán los iniciados para decirse: «¿sabes que en Ramonenea hay una bonita sidra?» Y la noticia, corriendo como la prendida pólvora por talleres, oficinas y tiendas, pondrá en conmoción a los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie de masonería singular que no fracasa nunca.

¡Qué bien entonces, en la buena estación del año! ¡Y cuántas veces, en la edad moza, ha utilizado el ánimo la disculpa de la sidrería para ir por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!... Desde allá alto, el alma pretendía desbordarse, como el agua plena de un vaso, y confundirse en la gran ola panteística.

Desde allá arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas donde duerme un blanco bergantín, todas las velas desplegadas en la calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la calma de la tarde despertaba en la fantasía vagos anhelos de realizar largas y audaces navegaciones.

De estas esencias poéticas está empapado, a su modo, el espíritu del bebedor de sidra. Y mezclándose en él la delicia del dorado licor con la infusa delectación del paisaje, lo convierten en un sér predestinado y fatal, para quien todas las grandezas del mundo serán ociosas si falta el placer de la sidra. Un sér predestinado que no podrá vivir fuera de su pueblo, de sus colinas y sus caseríos, y que transplantado a América en forzosa emigración, languidecerá como un enfermo de nostalgia y necesitará volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de tristeza.

¡Aquellas tardes de camaradería epicúrea, entre incontables rondas de vasos espumosos!... Y después, con el apetito que provocan las frescas libaciones, el sidrero sube a la cocina del caserío y él mismo escoge, prepara, y frecuentemente condimenta él mismo, los guisos y frituras, la merluza tierna, el sabroso revuelto de bacalao, las rojas chuletas. Todos en círculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se dirigen a la cuba y van transmitiéndose, de la cabeza al pie de la fila, mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y único tirón.

Cuando la tarde va de vencida, la imaginación del sidrero se llena de inefables brumas. ¡Podéis hablarle entonces de la vida y de la muerte; podéis ofrecerle la fortuna en un país remoto o la corona de España! Su alma se desborda en bondad, su corazón se ofrece a la alegría cósmica. Charla, ríe, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la belleza del campo; todo se funde en él y lo colma hasta la ternura.

Los últimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando una ola de sentimentalismo poético llega y visita el alma del sidrero, que busca en la penumbra la línea blanquecina de la carretera. Es el mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y dulzarronas, del país cantábrico. Y mientras el sidrero, cada vez más sentimental canta:

Begui belch eder oyec
¿zenentzat-dituzú...?.

el melancólico cuclillo hace en los matorrales: ¡cú-cú!... Y los escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso.