XII
LOS «VERSOLARIS»

Alberto Arrue, pint.

SERÍA difícil que pudiéramos encontrar algún pueblo donde no existiese un registro, una cuerda, un organismo de poesía. El hombre de todos los tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina necesidad de recurrir al canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben en el espacio de la prosa.

Hablemos, pues, de los versolaris, esos rapsodas, bardos, aedas o juglares del país vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiración sentida delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia gutural y monótona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal en que los «cucos» preludian su sinfonía cristalina y los manzanales en flor expiden su más delicado perfume.

Lo cierto es que en el país vasco, tan sobrio de literatura y poco afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedaría completa si le faltase la ayuda de los «versolaris». ¿Quiénes son estos hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: «Versolari» quiere decir profesional del verso, versificador.