Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aquéllos se constreñían a cantar y repetir las composiciones ajenas. El «versolari» crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamársele «trovador».
Un trovador bien rudimentario, es verdad... El «versolari» no canta en los castillos señoriales ni ante las cortes magníficas de Provenza, Aragón y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las humosas tabernas o las húmedas sidrerías. Por tanto, no debe exigírsele al «versolari» que tome como asunto de sus versos las complicadas cuestiones del amor platónico, tal como preocupaban a los trovadores y que eran, por ejemplo: «¿Los goces de amor son mayores que sus penas?»
O este otro motivo: «¿Debe ser la dama la solicitante del amor del caballero, o al contrario?» No; el «versolari» no actúa en un medio platónico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio.
Tampoco duda mucho el «versolari» en escoger la categoría de su gloria. Si los trovadores se habían dividido en dos bandos o escuelas, unos que buscaban la estimación de los espíritus selectos («trobar clubs») y otros que pedían la gloria de la muchedumbre («trobar leu»), los «versolaris» renuncian por necesidad a «trobar clubs», o sea la versificación oscura y conceptuosa, porque no hallarían público; se limitan a «trobar leus», y sus versos simples y vulgares llegan directamente al alma de su auditorio.
El «versolari» es un trovador que no emplea el «serventesio», el «panch», la «pastorela», la «albada» ni la «serena»; sólo hace uso de la «tensión», esa forma de diálogo satírico en que dos trovadores riñen un torneo de burlas y sutilezas.
La forma trovadoresca de la «tensión» ha quedado en las costumbres populares de muchos países, sin duda porque llena una necesidad universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales quienes inventaron la «tensión», sino que estaba en el uso universal desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia integral, y verdaderamente le encanta asistir a las riñas de versos en que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metáforas.
Mi limitada erudición folk-lorista me impide conocer los hábitos de muchas regiones del globo; pero a través de mis viajes he podido comprobar cuán extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la «tensión». Asistí en Puerto Rico, dentro de las «pulperías», a luchas de canto y recitado, en que el arma de aquellos «versolaris» era una «décima», naturalmente muy tosca y mal rimada. También en Valencia oí a los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del parche en aquellas «albaes» tan lindas, tan campestres y musicales. Y en la Argentina, por último, existen los «payadores», semejantes a los «versolaris». El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de origen español antiguo, es a través del espacio y del tiempo un hermano de Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora.
Los «versolaris» emplean para sus torneos una música simple, una especie de salmodia elástica; elasticidad indispensable a los modestos versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos rudimentarios.
Uno de los «versolaris» marca la «entrada», que significa una iniciación de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que responde al reto y alude directamente a algún defecto de su competidor. Al principio están las estrofas envueltas en cierta cortesía; después las alusiones se hacen más cálidas, penetrantes y agresivas. Las burlas chocan y se arañan, las ingeniosidades y las groserías vuelan por el aire, y el auditorio enardece todavía más a los luchadores con sus carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones largas y ondulantes como el canto llano de un convento.
En la húmeda y penumbrosa sidrería, o en la plaza de la aldea, esos «versolaris», esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado vulgo rural la parte de estética y de literatura que todo sér humano, el más salvaje, exige. Buscad y no hallaréis un pueblo que no haya inventado alguna manera de embriagarse: agria cerveza, cálido aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaña, aristocrático y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes, grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la quimera. Idénticamente buscaréis en vano algún pueblo que no pida a lo inefable, música y verso, la expresión de su intimidad poética.