Si los paisajes debemos asociarlos a la melodía, la musicalidad del verde campo cantábrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se está oyendo sonar el tamboril.
II
EL CEREMONIOSO TAMBORIL
Alberto Arrue, pint.
A PRIMERA hora de la mañana, el pueblo, bajo un toldo de inmóviles y sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas, unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una verja; un guardia civil, paseando por los soportales, descifra las noticias cotidianas de un periódico, y aumenta con su actitud la vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncínea de un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable, como gesto y como factura.
De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos tamboriles unánimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan pronto como la música ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. ¡En la vida hubiese creído que un tamboril tuviera tal arte milagroso!