Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi mirada. Pero oigo su música, que resuena claramente, melodiosamente, por todo el ámbito del pueblo. El pueblo se estremece a la música de tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de melodía al pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola sugeridora.
Sí; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niñez y de la adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes dominicales, entre la lluvia insistente que envolvía a los bailadores: muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greñudas de parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros, vestidos de frac anacrónico, a la cabeza de la procesión, y nosotros, con el traje nuevo de verano, recogíamos las espadañas que alfombraban las calles. Cuando en los domingos primaverales íbamos a las romerías, y llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra varonilmente tragados, pretendíamos, entre tímidos y jaques, bailar con las chicas.
Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad. Más graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su alta misión y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con paso de parada, pero no al modo rítmico de los soldados, sino con la suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la plaza hacia el palco de la presidencia.
Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que cumplen su elevada misión, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento, y allí, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se yerguen más todavía y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras.
¡Cómo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Además, ¿qué genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los tamborileros son ágiles, diestros y consumados músicos? La flauta se somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay más elástico y vibratil, más juguetón y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y señoril; su voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee el secreto de sugerir quién sabe cuántas impresiones seculares.
Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su música se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de su función; saben que están destinados a infundir, en cada tiempo determinado de la semana, un tono de ceremonia o de unción cívica al pueblo, igual que el campanero está encargado de inspirar, de tiempo en tiempo, unción religiosa a la villa. ¡Qué sería de los pueblos, sin estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espíritus y librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra!
En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha recobrado su sentido, su expresión y su alma. ¡Oh, milagro de la voz, de la música, de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no muestra ya su pobreza artística, sino que el gesto de su mano, cayendo sobre el indio que está de hinojos, tiene la sublime significación de aquella empresa española, larga de tres siglos y extensa en tres continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee su periódico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo justiciero, de escudo social, símbolo de la ley, con su arma al cinto y su tricornio legislativo a la cabeza.
Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, allá enfrente, tiene pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde un caballero de capa y espada hace reverencia a unas señoras.
Piénsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cómo el tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta función de entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del siglo XVIII, ha vivido seguramente en la época de los Austrias españoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas, cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades extendíase a las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los usos caballerescos rozaban hasta las cabañas de los labradores; cuando los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios señores. Hoy es al revés; porque las mismas fiestas de los señores están dañadas por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba.
¡Oh grave significación de la ceremonia! Lo ceremonioso está patente en la misma Naturaleza, porque un crepúsculo otoñal, una llanura rodeada de montañas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, ¿todo esto no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir entonación; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen de pie...