Y los tres tamborileros, en un enfático acorde, arqueando todavía más sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles, han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como empapado de unción cívica.

III
DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO

Valentín Zubiaurre, pint.

LA música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del pueblo.

En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de la música tradicional.

Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre de roca el venerable Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo, para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero de selvas.

De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son orgiástico de la Cale-gira, y que llevan detrás, delante, entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.