Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja... Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores.
¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como la mesa henchida de un banquete!
Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza, y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos bruscos, brincos sonoros...
Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada bajo el tenue azul del cielo.
Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el Cale-gira, especie de ronda o marcha a través de las calles. Los mozos se agarran de las manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado son de las alegres y ruidosas charangas.
Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al fin, a una mera tentativa báquica...
Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas, en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo!
Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor misterioso, las muchachas vuelven un poco enigmáticas, mudas de miedo de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente. Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al ardiente Dyonisos...