Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre. Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica, atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de nobles.

Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo. Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en ellos un derecho natural...

Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga, digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía.

Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la nobleza se convierte en una obsesión.

Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey: Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...

En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte. No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se refiere a una particularidad del terreno en donde fué erigida. Ha nacido como brotando de la propia tierra.

Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se obstinaba en reclamar el Fuero.

No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.