XIX
LA PREOCUPACIÓN DE LA HIDALGUIA

Gustavo Maeztu, pint.

NATURALMENTE orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo; por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra cosa que el alcaloide del castellano.

En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de hidalguía.

Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española, los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente sume al vasco en el troquel español.

Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan particularista, que para muchas personas de buena fe no ha existido verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el mundo.