El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.

El vascongado es con frecuencia nervioso, y no pocas veces se muestra impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano. Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en llegar: esto es usual entre los vascongados.

Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos monótono empleo de la partícula y (en vascuence eta).

El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfemias, esos tacos pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar trunco y tartamudeante.

Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!» Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica. Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.

Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez, y sobre todo su condición tímida. En el vascongado se agravan y acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado, si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le distinguen.

De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de hablar, ya que lo necesita...»

Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el departamento vacío...

La mujer vascongada se priva de la gracia más apetecida, de la sal más incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en Durango.