XVIII
LA TIMIDEZ DE LOS VASCOS
Arteta, pint.
SE dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora, el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de pilotos. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y aptos para la esforzada realización, ambiciosos y amantes de la gloria, así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de la Historia el oficio del piloto. Es la dramática crónica del pueblo que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos impulsividad imperialista.
Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera incompleto, y la culpa es de su timidez.
¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye algo el aislamiento en que vive la población rural?
El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo, tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se convierte en obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases.
No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo.