La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.

La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al modo escolar.

He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua, y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro, descendería al Mediterráneo.

Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos, cubiertos de eterno verdor, húmedos constantemente por las lluvias y nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda, emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la gran meseta centro-española.

Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.

Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares. Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar, del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia al Pirineo, la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más contacto ha tenido siempre con Castilla.

Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos.

Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya no es familiar, detallista e inmediata como en el litoral; ya no distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.)