Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa indulgencia, chorúas. El chorúa, que viene a ser lo correspondiente de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese chorúa de los guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de los habitantes.

Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas.

En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la localidad a una de esas comidas pantagruélicas que se estilan en el país, y ante las proporciones del banquete exclamó:—Ahora me explico por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos...

Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes de mucha gastritis.

Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la misma gente de las aldeas de Guipúzcoa.

Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso.

No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso. El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves hasta los más graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar. Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas, gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad, un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene una violencia enfermiza.

En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau, presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse entre los pueblos que han vivido mucho.

En otra ocasión[1] me aventuré a expresar la posibilidad de que en la mayor parte de Europa existan dos grandes razas fundamentales: la raza noble y la plebeya. Ahora me importa insistir en ese punto de la duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos; germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar.

[1] Véase En la Vorágine