Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico, veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda, facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de los antropólogos, el famoso «marchand de marrons».
El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo estrecho, su nariz
Elías Salaverría, pint.
exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter diferencial a la raza.
¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía. Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático.
Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión, ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo decadente de esa sección racial del país cantábrico.
La tuberculosis causa en ella sensibles estragos; las dentaduras se desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas, la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción.