Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que, después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante. Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.
El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos, por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur, excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los nervios su faena.
La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la vida carece de sabor.
En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres, tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques, porque los obreros estaban embriagados.
El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara, alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como trágico y culpable.
XXI
DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS
V. de Zubiaurre, pint.