NINGÚN trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pequeñez y por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas. Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos. En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está trabajado según la manera mudéjar.

Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo, celos de barrio, luchas de castas, diferencias de terreno y de clima. Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del tipo moderno.

Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas. Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias, meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas.

La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras esteparias y los olivares de los llanos calientes.

El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad; los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y vivaces.

El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia, pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados verdosos, grises verdosos.

Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés.

Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición al hombre de la meseta.

Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan los tipos puramente morenos tanto como en Marquina o Andoaín. En el centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra color vivo.

Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación etnográfica.