Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro, desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un aragonés coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en los sentimientos.
Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.
Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco, diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes: el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy sutil y no vale la pena de anotarlos.
El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar, que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos y hasta tipo de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan notable, que parecen dos provincias diversas.
Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y «decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de Asteasu, Amezqueta y Tolosa.
Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano de Durango.
Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya; Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona, tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica, de la tierra de Burgos.
En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón.
La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica.