V. de Zubiaurre, pint.

HAY en nosotros una íntima resistencia frente al cambio: no queremos que las cosas varíen alrededor nuestro, porque además de la pereza que sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razón, que al desaparecer las costumbres a las que estábamos conformados, nosotros mismos debemos desaparecer con ellas.

Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres vascongados están desapareciendo. No hay duda que muchas formas costumbristas desaparecen. Pero la alarma sería fundada si esas costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustituídas por otras costumbres, tan típicas como las anteriores.

Hoy pasan las formas y se cambian las modalidades con mucha más rapidez que antaño; esto ocurre en todo el mundo, y el país vasco no podría substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque es esencial.

Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo típico como algo que ha llegado a un país por efectos milagrosos: una costumbre, en cuanto reúne ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura que brota de las entrañas del país por verdadera germinación espontánea y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para comprender que no es así, y que lo que llamamos costumbres características son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y sin cesar. Lo que hace cada país, con distinta fuerza, es imprimir su propio cuño a esas costumbres, absorbiéndolas profundamente hasta lograr que parezcan diferentes y originales.

El país vasco es quizá uno de los que mejor y más habitualmente recurre a la recepción o absorción de formas costumbristas ajenas. El país vasco es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos fundadores de civilización (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir que el país vasco haya creado verdaderos estilos, porque, con frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras y con otros muchos usos llamados típicos.

Contribuye a que estos usos se llamen típicos un fenómeno de simple exclusión: son costumbres y modalidades que en otras provincias han perdido auge y difusión, y que al conservarse entre los vascongados con fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. Así ocurre con el tamboril, que sólo en raras comarcas del resto de la Península se conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la célebre y pintoresca romería del Rocío; lo emplean también algunos pueblos de León. Antiguamente era común a muchas comarcas españolas, sobre todo las de raíz castellana.