El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama sport vasco, y es una diversión que ha sido adoptada de los castellanos probablemente en fecha bastante próxima. Digamos desde luego que la pelota es un útil de diversión tan antiguo como el hombre, y común a todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es lógico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la pelota.

Que el juego de la pelota, en la forma actual, fué adquirido de Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa modernidad de la adquisición, nos ayudará a la conjetura el examen, siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quizá de tiempos más recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla.

Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen «frontón», «pelota», «pared», «raya», «guante», «pala», «cesta»; califican las jugadas de «a largo», «a remonte», «a volea», «a punta», «a sotamano»; dicen «falta», «tanto», «quince»... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el país vasco una fecha de adopción muy poco antigua.

Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrán a sustituír a los que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le ocurrió proferir dramáticas lamentaciones. El carácter de un pueblo no se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo más penetrante que ayuda a mantener el tono diferencial de un país. Aunque el «ariñ-ariñ», el «fandango» y la «purrusalda» no son más que el baile suelto que se baila en casi todas las regiones españolas, sabemos, sin embargo, que algún matiz, cierto aire diferencial existe en la danza suelta de los vascos.

Este mismo fenómeno, si lo aplicamos a las palabras, nos concederá no menos interesantes motivos de observación. En efecto, tan pronto como nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media, encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo borró para siempre de los países propiamente castizos, se conservan en el país vascongado y toman en lenguaje éuscaro un franco carácter de frecuentación. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se trata de términos absolutamente indígenas.

Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la lectura del poema de Mío Cid, y da ocasión a conmovedoras sorpresas. El aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid, Antolínez, Muño Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una emoción y un brío varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos seres de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente vascos que han pasado a través de las villas y las ciudades.

De pronto tropezamos con una palabra: «asmar». El comentador del libro hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la página una explicación de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicación erudita, vemos con asombro que el verbo «asmar» tiene hoy en vascuence el mismo sentido que tenía entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre con la palabra «alcandora», que es de origen árabe, y se usa en el vascuence de una parte de Guipúzcoa para expresar la camisa. «Cayola» (jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y perdura en éuscaro. «Copa», en la acepción de cesto o concavidad, se usa en vascuence para significar el serón de los albañiles. «Copeta», que en éuscaro significa frente, es el «copete» arcaico. A veces salta una palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vías ignoradas; por ejemplo, «gona», que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya, basquiña. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya desaparecido sin dejar rastro literario.

También nos detenemos con curiosidad cuando oímos exclamar al Cid Campeador, el de la barba vellida:

Ia, Alvar Fáñez, bivades muchos días;
más valedes que nos, ¡tan buena mandadería!

O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros: