Ia, doña Ximena, la mi mujer tan cumplida,
como a la míe alma yo tanto vos quería...
El comentador hace aquí otra llamada y explica el sentido de ese «ia»; era una exclamación actualmente en desuso, o sustituída, a nuestro parecer, por su semejante ¡ea! ¿Pero necesitábamos nosotros ninguna ayuda aclaratoria? La exclamación «ia», tan frecuente en Mío Cid, está viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el éuscaro en tierras de Guipúzcoa. De este modo: «Ia, Manubel, etorrizaitez.» O en tono de imprecación y de coraje. «¡Ya, mutillac, guacen aurrerá!...»
Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cómo los hombres se comunicaron en la antigüedad más frecuentemente de lo que ha supuesto una opinión pseudo-culta. Los pueblos no vivían separados como islas en los siglos medios, sino que, todo al revés, se frecuentaban, se copiaban entre sí, y esto quizá con más eficacia que ahora mismo. Los idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amorfas, a causa de la constante y viva comunicación. El francés se diferencia poco del provenzal, y el castellano está lleno de palabras lemosinas, italianas, gallegas y francesas.
En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial, política y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se fundieron en un cuerpo armónico. De entonces data sin duda la aceptación por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente.