Para pegar el malón
el mejor flete procuran,
y como es su arma segura
vienen con la lanza sola,
y varios pares de bolas
atados a la cintura...
Se vuelve aquello un incendio
más feo que la mesma guerra;
entre una nube de tierra
se hace allí una mescolanza
de potros, indios y lanzas,
con alaridos que aterran...
Y aquella voz de uno solo,
que empieza con un gruñido,
llega hasta a ser alarido
de toda la muchedumbre.
Y ansí adquieren la costumbre
de pegar esos bramidos.
El gaucho Martín Fierro no conserva buena memoria de los indios. No les concede ninguna cualidad. Su pintura, en fin, es perfectamente contraria a aquel hombre de la Naturaleza que inventara Rousseau y que estuviera en moda hasta acabar el imperio del romanticismo. Nuestro fantástico padre Las Casas, el bueno de Bernardino de Saint Pierre y el mismo Chateaubriand, palidecerían de rubor ante este retrato del indio pampa.
El indio pasa la vida
robando o echao de panza.
La única ley es la lanza
a que se ha de someter.
Lo que le falta en saber
lo suple con desconfianza.
Fuera cosa de engarzarlo
a un indio caritativo.
Es duro con el cautivo,
le dan un trato horroroso.
Es astuto y receloso,
es audaz y vengativo...
Odia de muerte al cristiano,
hace guerra sin cuartel.
Para matar es sin hiel.
Es fiero de condición.
No golpea la compasión
en el pecho del infiel...
Se cruzan por el desierto
como un animal feroz.
Dan cada alarido atroz
que hace erizar los cabellos.
Parece que a todos ellos
los ha maldecido Dios.
Todo el peso del trabajo
lo dejan a las mujeres.
El indio es indio, y no quiere
apiar de su condición.
Ha nacido indio ladrón,
y como indio ladrón muere.
Ahora vamos a reproducir estos versos, que explican simple e ingenuamente una de las características principales del indio americano: la incapacidad para la risa.