Las obras que nacen del heroísmo mantienen eternamente un sello excepcional que las hace más eficaces y bellas. Esta verdad la han conocido todos los pueblos, y es efectiva la voluntad de poseer orígenes heroicos que manifiestan las civilizaciones todas. De la cabeza de Minerva armada quiere Atenas nacer, y la misma Roma, nido de algo como bandoleros al principio, se hace inventar la leyenda de aquellos guerreros de Troya, origen de la estirpe romana.
La superstición guerrera, común a todas las razas, podría parecer un prejuicio que hubiera impuesto a las gentes la casta militar, dominante y temible antiguamente. Pero una casta militar no pudo sostener en toda hora su pensamiento imperativo ni sobornar constantemente a los filósofos, poetas y artistas, y lo cierto es que todos, hombres de meditación o de fantasía, otorgaron siempre al heroísmo su entusiasmo, sus cantos y sus obras panegíricas.
Es porque comprendían que el soplo heroico hace grandes, fértiles y duraderas a las cosas. Sabían que el espíritu del heroísmo es el más fecundo en idealidad, porque inspira y estimula las virtudes próceres humanas: la virtud, el honor, la lealtad, la generosidad, el sacrificio. Y porque de estas virtudes príncipes nacen las ideas bellas, y, por lo tanto, las mismas actitudes y los gestos bellos.
Del poema de La Ilíada se nutre Grecia hasta su final. Y tanto o más que la interpretación de los símbolos o personajes religiosos, le interesa al espíritu heleno interpretar las luchas y los personajes de la guerra de Troya. Un mundo de estatuas y ánforas, una floración de inefable estética brota del alma cálida de Grecia al contacto de aquella idea de heroísmo.
Las obras que fecunda el heroísmo, por su virtud de aristocracia y de sublimidad, diríase que superan la resistencia del tiempo y están por sí mismas sinceradas. El aura de valor y de nobleza en que se envuelven las hace respetables, hermosas, temibles. ¡Qué infecunda y fea la civilización que no ha nacido del heroísmo! Todos los bajeles y riquezas de Fenicia fueron inútiles para el mundo e inaptos para el arte y la idealidad, porque carecieron de heroísmo. Las colonias, los palacios y las actividades de Cartago son estériles porque les falta la ráfaga heroica; sólo al morir la ciudad prosaica halla en Aníbal el hombre que podrá justificar a su patria ante la Historia.
Por las páginas de la La Biblia corre ese soplo heroico más de una vez; con rumor de espadas están llenos sus libros, y las estrofas sagradas vibran gloriosamente y tienen un alto tono de alegría triunfal cuando narran las guerras contra los filisteos, aquellas luchas por la conquista de un territorio que Dios concede a su pueblo para que lo nutra con heroísmo. La figura de David ilumina como una llama heroica los libros santos.
Heroico es el cristianismo, y no solamente mártir. ¿No es un alma profundamente heroica la de San Pablo, y alma íntimamente marcial? ¿Es algo más que heroísmo la voluntad de vencer de los cristianos en la Edad Media? Las Cruzadas, los poemas caballerescos en Tierra Santa, la expulsión de los moros de España, ¿no son conceptos en que el heroísmo se funde, como la mas alta y no igualada fusión, con el misticismo? ¿Y no tienen carácter heroico las aventuras temerarias de los fundadores y los evangelistas?
Glorioso es el Renacimiento por sus humanidades, su arte y su ciencia; pero es además grande y glorioso por sus esencias heroicas. El siglo XVI crea verdaderos portentos humanos, personas de excepción, héroes extraordinarios y numerosos. Es la hora radiante en que la personalidad heroica se manifiesta con más brillo y hasta sus últimas consecuencias.
Del heroísmo ha nacido América. Un soplo, entre místico y marcial, empujó las carabelas inaugurales. Bajo la cruz pintada en el velamen, las espadas y las corazas hacían sus fieros ruidos. Así fué creada América, y nunca será esto rectificado.
Los españoles crearon América a su modo, al modo heroico. Salían del poema largo de los moriscos; recordaban los actos del Cid, el que lograba ciudades y reinos con la fuerza de la lanza; estaban impregnados de lecturas caballerescas... En las Indias, puesto que la dirección de los gobernantes de la península era nula, aquellos españoles emprendieron la obra según su propio e íntimo ser, espontánea e inspiradamente. Por ser obra libre de la espontaneidad de los conquistadores y pobladores, América es el acto más puramente español. Tal vez por eso también es América una cosa tan inexorablemente española.