CAPÍTULO X
EL CONQUISTADOR BRILLANTE
EN otro capítulo anterior hemos apuntado la gran ráfaga heroica que hizo nacer América a la luz de la civilización europeocristiana, y cómo fué posible la obra del Nuevo Mundo gracias a esa actividad heroica a la española. Rápidamente brotaron del fondo español numerosos héroes representativos, incontables evangelistas, soldados y pobladores, cuya fisonomía moral nos ha de ser tan grato hacer resurgir. Comencemos por el más famoso de estos héroes representativos, el conquistador típico: Hernán Cortés.
Los que regatean cualidades espirituales a nuestros conquistadores, necesitan hacer una forzosa salvedad en la persona radiante y caballeresca de este bizarro extremeño, que era un noble hidalgo de buenas luces y de elevada educación, apto para las letras como para las armas. No se trata, no, de un bandolero ni de un soldado ignorante; no es el aventurero reclutado en los bajos fondos de la sociedad, ni el tipo del pirata o el filibustero que bien pronto habían de arrojar sobre el mar de las Antillas otras naciones del Centro y Norte de Europa.
Dice Bernal Díaz del Castillo que nuestro héroe «era latino, y oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados y hombres latinos, respondía a lo que le decían en latín. Era algo poeta, hacía coplas en metros y en prosa, y en lo que platicaba lo decía muy apacible y con muy buena retórica...»
Había nacido en la baja Extremadura, ese rico país de fecundas y grandes heredades, donde los prósperos pueblos elevan sus muros sobre las gruesas tierras que el olivo y las mies embellecen. Es un país hermoso, apto para producir hombres de varonil señorío. Hernán Cortés era un señor, no porque naciera de ilustre y acaudalada familia, sino porque, apenas modesto hidalgo, tenía naturaleza de señor. Y porque además el hado misterioso lo señalara desde la cuna para las altas empresas señoriales. En suma, porque quería siempre, porque aspiraba fervorosamente a la vida de señor.
Sus contemporáneos lo pintan como el hombre que posee la virtud señorial y todo su intento se dirige a superarse, a mejorarse, a lograr el supremo lustre del señorío. Pero no como un vulgar indiano o como un rastacuero de nuestros días. «Los vestidos que se ponía eran según el tiempo y usanza, cuenta Bernal Díaz, y no se le daba nada de no traer muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy pulido; ni tampoco traía cadenas grandes de oro, salvo una cadenita de oro de prima hechura, con un joyel con la imagen de Nuestra Señora la Virgen Santa María, con su hijo precioso en los brazos... Y también traía en el dedo un anillo muy rico con un diamante, y en la gorra, que entonces se usaba de terciopelo, traía una medalla; mas después, el tiempo andando, siempre traía gorra de paño sin medalla.»
Vemos aquí al hombre de instintos aristocráticos que gusta de portar una cadenita de oro, un joyel devoto; cosas de lujo integral, pulidas y estimadas, que toda naturaleza noble prefiere para su regocijo personal y no para la ostentación. Hernán Cortés vivía en el siglo del Renacimiento, cuando Italia sugería al mundo el amor del boato y de las fastuosas preseas, pero no podía renunciar al sentido español de la altiva modestia, y de uno como masculino y católico (estoico) rubor ante el demasiado engalanamiento.
En cambio aceptaba a veces como una necesidad la ostentación, por lo mismo que ayudaba a su política. Quería encumbrarse, y bien conocía la condición humana que tanto se deja deslumbrar por el brillo, y que a veces toma lo externo del brillo por lo esencial del señorío. Para conseguir su éxito de gran señor, y sin duda como maña de político, Hernán Cortés sabe en ocasiones admirar a su gente con dádivas, con ostentaciones y con prestancias lujosas.
«Deleitábase de tener mucha casa y familia, mucha plata de servicio y de respeto. Tratábase muy de señor, y con tanta gravedad y cordura, que no daba pesadumbre ni parecía nuevo.» Esto dice López de Gomara. Y Bernal Díaz del Castillo corrobora y agrega: «Servíase ricamente, como un gran señor, con dos maestresalas y mayordomos y muchos pajes, y todo el servicio de su casa muy cumplido, e grandes vajillas de plata y de oro.»
En cuanto a sus apetitos, véanse cuan simples, hidalguescos, militares, eran: «Comía a medio día bien y bebía una buena taza de vino aguado, que cabría un cuartillo, y también cenaba, y no era nada regalado ni se le daba nada por comer manjares delicados ni costosos, salvo cuando veía que había necesidad que se gastase o los hubiese menester.»