Ahora bien; ¿es posible que un hombre grosero, bestial y bajo, un verdadero animal de presa, pueda intentar la larga faena ímproba y terrible, que dura muchos años, la heroica y trabajosa empresa de conquistar un imperio? Un capitán de piratas, del tipo de Drake, puede arrastrar a su gente a campañas veloces en que el botín es palpable y la presa se abandona; que no hay que poblar y evangelizar, sino desbalijar y marcharse.
Un jefe de filibusteros tiene su guarida en una ensenada tropical, y sólo se cuida de caer a tiempo sobre la flota o sobre la ciudad desprevenidas. Un capitán como Cortés está mucho más embarazado por graves deberes y responsabilidades. Tiene que conquistar, poblar y ceder las tierras a los magistrados del rey, a los monjes y a los catedráticos. No puede portarse como un simple aventurero. Necesita ser tan político como soldado, y ensayar las artes de la simpatía que poseen un Alejandro y un César, junto con la fuerza imperativa y subyugadora de su temple moral.
Hernán Cortés era simpático de suyo; pero cuidaba de mejorar esta simpatía para favorecer su misión providencial. Sus biógrafos nos lo retratan bello de cuerpo y gallardo de apostura.
«Fué de buena estatura y cuerpo y bien proporcionado y membrudo... los ojos en el mirar amorosos, y por otras graves... y tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, y era cenceño y de poca barriga y algo estevado, y las piernas y muslos bien sacados, y era buen jinete y diestro de todas armas, así a pie como a caballo, y sabía muy bien menearlas, y sobre todo, corazón y ánimo, que es lo que hace al caso... En todo lo que mostraba, así en su presencia y meneo como en pláticas y conversación, y en comer y en el vestir, en todo daba señales de gran señor.»
A esta pintura de Bernal Díaz del Castillo podemos agregar los rasgos siguientes de López Gomara:
«Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de gran pecho; el color ceniciento, la barba clara, el cabello largo. Tenía gran fuerza, mucho ánimo, destreza en las armas... Fué muy dado a mujeres, y dióse siempre. Lo mesmo hizo al juego, y jugaba a los dados a maravilla, bien alegremente... Gastaba liberalísimamente en la guerra, en mujeres, por amigos y en antojos, mostrando escaseza en algunas cosas; por donde le llamaban de avenida. Vestía más polido que rico, y así era hombre limpísimo... Era devoto, rezador... grandísimo limosnero... Daba cada un año mil ducados por Dios de ordinario; y algunas veces tomó a cambio dineros para limosnas...»
Anotemos ahora algunas particularidades de su carácter; nos las dirá Bernal Díaz, aquel soldado que acompañó a nuestro héroe en sus grandes trabajos y peligros. Véase cuánta fuerza de contención hay en el héroe y cómo sabe reprimir sus impulsos, disimular, transigir, puesto que considera el fondo inconsciente que habita en el alma tempestuosa de los soldados, y sabe que el héroe ha de estar cuidando y labrando su obra todos los minutos, en todos los incidentes.
«Cuando juraba, decía: «En mi conciencia»; y cuando se enojaba con algún soldado de los nuestros, sus amigos, le decía: «¡Oh, mal pese a vos!» Y cuando estaba muy enojado se le hinchaba una vena de la garganta y otra de la frente, y aún algunas veces, de muy enojado, arrojaba una manta, y no decía palabra fea ni injuriosa a ningún capitán ni soldado; y era muy sufrido, porque soldados hubo muy desconsiderados que decían palabras muy descomedidas, y no les respondía cosa muy sobrada ni mala; y aunque había materia para ello, lo más que les decía era: «Callad, o iros con Dios, y de aquí adelante tened más miramiento en lo que dijéredes, porque os costará caro por ello, e os haré castigar.»
Hernán Cortés es un hombre del Renacimiento. Posee las cualidades de su época, y algo que estaba entonces en la atmósfera se le ha traspasado a él; un poco de Maquiavelo y de Borgia, en lo que estos hombres tenían de políticos, y no en su fría, en su italiana amoralidad frente al crimen.
Es astuto; tiene el arte de la seducción oportuna; sabe encubrir sus intenciones y desorientar a los enemigos y a los traidores; muestra una fina inteligencia y un tacto para ceder o para esgrimir su autoridad, y es siempre el hombre de mando, el capitán, el conductor, que no pierde nunca la inestimable serenidad. Cuando hace falta sabe dirigirse al fin sacrificando los medios.