Trabaja como un cauto militar, porque en la alta milicia debe presidir la sutil cautela. Usa la mentira oportuna y conoce el arte de desconcertar. Por ejemplo, en sus tratos con el cacique de Cempoalla se decide a prender a los recaudadores, les hace ver el poderío de sus armas y luego les deja escapar, para que lo cuenten al emperador Moctezuma. Mete insidias entre las tribus, alienta las rivalidades de los caciques, «divide para vencer». En efecto, sin astucia de político y sólo con el arrojo del soldado hubiera sido imposible dominar tan grande y populoso imperio.
Pero este hombre del Renacimiento, contemporáneo de Maquiavelo, pierde en ocasiones su ecuanimidad y recobra su naturaleza sincera de león hispano. Es cuando, como dice Bernal Díaz, «se le hincha la vena de la garganta y otra de la frente». El contumaz y valiente general Xicoteucatl manda sus emisarios a Cortés, éste los recibe confiado, y luego se descubre que son espías... Entonces tiene el héroe un impulso de espontánea indignación, y «les mandé tornar a todos cincuenta y cortarles la mano, y los envié que dijesen a su señor, que de noche y de día, y cada y cuando él viniese, verían quién éramos».
El héroe no puede sofocar por completo su naturaleza de soldado, y hay un momento en que echaría a rodar toda su obra difícil por un puntillo de honor ultrajado o ante una osada ofensa. Tampoco puede el héroe reprimir sus sentimientos religiosos o de humanidad en todos los instantes; hay horas críticas en que lo subsconsciente y profundo nos hace traición y todas nuestras prolijas artes de política quedan inútiles frente a los impulsos de nuestro ser integral.
Así en Cempoalla, cuando más astucia y paciencia necesitaban desarrollar, Hernán Cortés no se pudo contener viendo el templo «negro de sangre», donde concluían de consumarse los sacrificios humanos y el canibalismo ritual ante unos ídolos monstruosos. Los españoles estaban hechos a matar en la guerra; no se avenían, sin embargo, a aceptar aquellas sacrílegas y cruelísimas barbaridades. Atropellaron, pues, por todo, y subieron a la cumbre del templo a derribar los sanguinarios y ensangrentados ídolos... Estos impulsos disculpan todos los yerros que pudieron cometer. Su fe, su pudor, su humanitarismo, eran más fuertes que su interés político. Se aventuraban a perderlo todo antes que sancionar aquel crimen salvaje. Y aquí el hombre del Renacimiento a la italiana vuelve a integrarse en su naturaleza de español sincero. Es Don Quijote que está allí, entre los soldados...
¡Ah!, mientras leemos los pormenores y preparativos de una expedición a lo ignorado, ¡cómo se remueven los posos de nuestro temperamento imaginativo y aventurero! Sentimos la seguridad de que nuestra vida ha fracasado desde su origen sólo por no haber nacido cuatro siglos antes; ¡porque nosotros nos hemos retardado en nacer, porque nosotros hubiéramos marchado a las Indias, y de allí nos hubiéramos alistado en una de aquellas expediciones conquistadoras!... ¡Enérgica ráfaga de ambición, entusiasta alegría de ir a las tierras ignoradas! ¡Promesas de oro y de gloria, países extraños e inauditos que aparecen de pronto a la mirada, bosques y llanuras misteriosos, gentes y hábitos distintos, paisajes y civilizaciones increíbles!...
Todo esto prometía Hernán Cortés a los españoles de Cuba. Su don de simpatía y de seducción personal, entonces es cuando necesitaba esforzarse. Y el héroe, que al fin conoce que le ha tocado la Fortuna con su dedo, ¡cómo tiembla, de emoción por la suerte, del miedo del malogro y de comprender que está señalado para realizar una imperecedera hazaña!
«Pues como ya fué elegido Hernán Cortés por general de la armada, dice Bernal Díaz, comenzó a buscar todo género de armas, así escopetas como pólvora y ballestas, e todos cuantos pertrechos de guerra pudo haber y buscar... En demás desto, se comenzó de polir e abellidar en su persona mucho más que de antes, e se puso un penacho de plumas con su medalla de oro, que le parecía muy bien. Pues para hacer aquestos gastos que he dicho no tenía de qué, porque en aquella ocasión estaba muy adeudado y pobre... Y como ciertos mercaderes amigos suyos que se decían Jaime Tría o Jerónimo Tría y un Pedro de Jerez, le vieron con capitanía y prosperado, le prestaron cuatro mil pesos de oro... y luego hizo hacer unas lanzadas de oro, que puso en una ropa de terciopelo, y mandó hacer estandartes y banderas labradas de oro con las armas reales y una cruz de cada parte, juntamente con las armas de nuestro rey y señor, con un letrero en latín, que decía: Hermanos, sigamos la señal de la santa cruz con fe verdadera, que con ella venceremos; y luego mandó dar pregones y tocar sus atambores y trompetas en nombre de su majestad...»
«Pues como se supo esta nueva en toda la isla de Cuba, y también Cortés escribió a todas villas a sus amigos que se aparejasen para ir con él a aquel viaje, unos vendían sus haciendas para buscar armas y caballos, otros comenzaban a salar tocino para matalotaje, y se colchaban las armas... De manera que nos juntamos en Santiago de Cuba, donde salimos con el armada, más de trescientos soldados.»
«E así como desembarcamos en el puerto de la villa de la Trinidad, y salidos en tierra... y llevaron a Cortés a aposentar entre los vecinos, porque había en aquella villa poblados muy buenos hidalgos... De aquesta villa salieron hidalgos para ir con nosotros... Alonso Hernando Portocarrero no tenía caballo ni aun de qué comprallo; Cortés le compró una yegua rucia y dió por ella unas lazadas de oro...»
«Y en aquel instante vino un navío de la Habana a aquel puerto de la Trinidad, que traía un Juan Sedeño, cargado de pan cazabe y tocinos, que iba a vender a unas minas de oro cerca de Santiago de Cuba; y como saltó en tierra el Juan Sedeño fué a besar las manos a Cortés, y después de muchas pláticas que tuvieron, le compró el navío y tocinos y cazabe fiados, y se fué el Juan Sedeños con nosotros. Ya teníamos once navíos y todo se nos hacía prósperamente, gracias a Dios por ello...»