«Y como Cortés lo supo, habló secretamente al Ordás y a todos aquellos soldados y vecinos de la Trinidad... y tales palabras y ofertas les dijo, que los trujo a su servicio.»
«Y el un mozo de espuelas de los que traían las cartas y recados, se fué con nosotros...»
«Y también atrujo y convocó a los herreros que se fuesen con nosotros, y así lo hicieron...»
He aquí el tipo del conquistador. Brillante, alegre, persuasivo, todos le siguen, todos caen bajo el arrebato de su seducción. Es joven, hermoso, fuerte, arrojado; sabe conquistar los corazones y prende con sus artes de persuasión y simpatía a todos los que encuentra. Arrastra todos los elementos útiles, desde el hidalgo valiente hasta el mercader sedeño, los mozos de espuela y los herreros. Y hace tan fina maniobra frente al sórdido gobernador Diego Velázquez, que materialmente se escurre de sus manos, huye a la mar y queda libre de acometer por sí la hazaña.
Esta hazaña consistía en conquistar y dominar un imperio más grande que España, poblado por tribus guerreras, organizado en nación y provisto de grandes elementos de resistencia. Para conseguir esta empresa, Cortés poseía lo siguiente:
«Mandó Cortés hacer alarde para ver qué tantos soldados llevaba, e halló por su cuenta que éramos quinientos y ocho, sin maestres y pilotos e marineros, que serían ciento y nueve, y diez y seis caballos e yeguas... e once navíos grandes y pequeños... y eran treinta y dos ballesteros y trece escopeteros, e tiros de bronce e cuatro falconetes...»