Lo cierto es que Francisco Pizarro, puesto que no era un hombre insignificante, pudo ganar ciertos méritos y algunas haciendas en largos años de guerras y expediciones; se halló en múltiples campañas, sufrió hambres y luchas en Tierra Firme y era uno de los pobladores heroicos de Panamá. Pero como él, y con mayores éxitos que él, había numerosos españoles en las islas y en el continente. Y en esta maleza de las mil tentativas sin brillo, en este trabajar cuotidiano y soso, se le pasó lo mejor de la vida. Era, pues, el tipo del héroe que nada debe al nacimiento, a la falacia, ni a la fortuna. Todo se lo amasó y fabricó por sí mismo. Por eso hay en él aquella vaga tristeza de que hablábamos al principio. Porque, en efecto, el triunfo y la gloria son deseables cuando se presentan en plena juventud o cuando vienen a caballo sobre el azar y en forma de lotería; el éxito que hemos trabajado con sangre y con el horror de la larga espera, puede enorgullecernos mucho, pero nos defrauda a la vez por el dejo de la melancolía. Demasiado tarde quiere decir: sentimiento de la ingratitud transcendental ante el desvío o parsimonia de la fortuna.

Pero aquel héroe retardado no desesperaba del porvenir. No era el exitista impetuoso y audaz que se adelanta y que atropella por todo, que exige imperativa y descaradamente; tenía más bien una invencible timidez de hombre humilde y nada brillante. Entonces, entrando ya en la vejez, las primeras noticias del Perú fastuoso llegaron a Panamá. Se hablaba de un país grande y rico, que estaba hacia el lado del Sur, por la mar adelante. Y Francisco Pizarro decidió emprender la inaudita heroicidad.

Puso en la obra todo su dinero, su prestigio honrado, su experiencia y su fe. De qué naturaleza era su fe y su obstinación nos lo han de decir los fracasos, los peligros y las aventuras que soportará el héroe antes de que vea cumplida su hazaña.

La escena de la isla del Gallo se nos presenta como única en la Historia; tiene, por otra parte, un raro carácter de lección psicológica, fuertemente humana y novelesca. Es el instante en que la vida toda de un hombre se derrumba sin remedio y no queda de pie más que aquello que la voluntad osa sostener. La expedición había fracasado; heridos y hambrientos, los soldados rehuyen seguir la campaña; ni imperios fabulosos, ni riquezas y triunfos aparecen por ninguna parte... Es hora de volverse a Panamá. ¡Ah! Los soldados jóvenes e indigentes pueden tornar sin pena, a la espera de una ocasión más propicia; pero Pizarro, ¿qué puede esperar en volviendo? Su hacienda está comprometida, perdida; su renombre también está comprometido; es viejo ya para rehacer dinero y prestigio. Y en lo hondo de su alma hay un grito veraz que le dice que el Perú aguarda al hombre osado, al hombre de fe.

Cuando entonces desnuda la espada, casi loco de ira y de iluminación transcendental; cuando, en ese gesto decisivo de los valientes y los matones, traza en la arena de la playa una línea violenta y vibrante; cuando exclama, en fin: «¡Ea, caballeros, por aquí se va a Panamá a ser pobres, por aquí al Perú a ser ricos y venturosos; quien me quiera bien, que me siga!...» Entonces es cuando el primer capítulo de una emocionante y no igualada novela da comienzo.

El héroe ha saltado la raya; su trémula y violenta mano blande todavía la espada. Once compañeros pasan la raya y firman su cédula para la posteridad. Y mientras los demás se tornan, los aventureros pueden llamarse efectivamente aventureros. Se han quedado solos, desamparados, constreñidos a comer moluscos, locos Robinsones de un naufragio voluntario, ilusos ambiciosos de un ideal lejano, presentido, inconstante.

Nosotros, los modernos, habituados a la rapidez de las distancias, las obras y los fenómenos, ponemos nuestra femenina nerviosidad en todos los casos, y concluímos por inferirle a la vida un daño de disminución. Nuestra vida, de tanto multiplicarse y precipitarse los acontecimientos, concluye por carecer de magnitud y hasta de espacio. Un viaje de varios días no acertamos siquiera a concebirlo; una obra lenta nos irrita.

Pizarro y sus compañeros carecían sin duda de nuestra nerviosidad. Ellos, como hijos de otro tiempo, concebían la vida bien distintamente. La vida era un trozo de eternidad, he ahí todo... Por lo tanto, cada hora tenía un valor correspondiente a la dimensión de la eternidad, y debiéndose realizar las obras para siempre, para eternamente, el plazo de la vida importaba poco; la vida es bastante larga si se sabe emplearla bien. Aquellos hombres confiaban en el tiempo largo; sabían esperar. Esperaron y vencieron.

Pero nuestro ánimo moderno se intimida cuando recordamos que Francisco Pizarro, para poder descubrir la maravilla de Túmbez, aquella puerta marítima del remoto Perú, estuvo navegando y combatiendo por espacio de tres años...

Bien; la puerta ha sido vista y también dominada. Ahora necesitamos seguir al héroe hasta la entraña del Perú.