II

A la vista de la ciudad de Túmbez, después de tres años angustiosos y zozobrantes, el alma taciturna de Francisco Pizarro debió de abrirse como una flor reconcentrada, densa y tardía. Su vida, obscura hasta entonces, tomaba una orientación inexorable y una claridad de gloria universal. Si hay en nosotros momentos de rara y como mística clarividencia, en que el sentido del porvenir se nos revela lúcida y repentinamente, ese instante religioso fué para Pizarro aquél en que viera, por último, las casas, el puerto, los indios, la semicivilización de Túmbez.

Vió, sin duda, toda la grandeza del imperio, que estaba por conquistar todavía, pero cuya existencia se palpaba y ya era suficiente. Sus tres años de fatigas y miserias tenían, pues, una correspondiente compensación. Las noticias y versiones del Perú, vagas y dudosas hasta aquel momento augural, quedaban finalmente confirmadas. Y puesto que él existía, Pizarro estimó que el Perú era suyo... En efecto, a través de los relatos incompletos de los cronistas, nosotros ahora podemos llenar las fallas y lagunas psicológicas; y tal como en el episodio de la isla del Gallo, cuando el héroe desnuda la espada, traza una línea en la arena y convida a los valientes que la traspasen, hay también ahora, delante de la populosa ciudad de Túmbez, una conmoción transcendental en la vida del héroe.

Con un poco esfuerzo imaginativo podemos contemplar a Pizarro, mudo de asombro y trémulo de alegría, fijos sus ojos en la maravilla de la ciudad descubierta. Su habitual gravedad se hacía mayor entonces. Callado, taciturno, encorvado por la religiosidad de la hora su hercúleo y alto cuerpo, Pizarro asistía a la asunción de un vasto país, y, por tanto, al principio de un episodio fundamental para el mundo. El mundo, y primeramente el poderío de España, agrandábase súbitamente con la aportación de aquel nuevo imperio. ¡Y era él, Francisco Pizarro, quien debería ganar y poseer la rica y misteriosa tierra!... Estos momentos augurales, en que aparecía de súbito la fruta de un imperio brillante a los ojos del explorador, y en que el hombre saltaba de un brinco a lomos de la galopante Fortuna, verdaderamente fué entonces y en América cuando tuvieron su mejor realidad.

La aparición de Túmbez define la vida de Pizarro, la orienta para siempre, la transforma sin remedio. El carácter ha cambiado también. Desde aquel instante se introduce en el ánimo del héroe una especie de angustia entusiasta; se llena, se hincha de una impaciente ambición; tiene miedo de perder la dicha que pasa a su lado. Y el hombre obscuro y ecuánime que había sido, he ahí que se emborracha al anuncio de la gloria.

Manda dar la vuelta al Panamá, y apenas cumple el gusto y el deber de abrazar a sus asociados y amigos, rescata el dinero que su penuria le consiente y corre a presentarse en España.

Las cosas han variado del todo. El obscuro soldado se penetra bien de su situación y decide continuar hasta el fin y con la mayor energía aquel juego de azar. Es un buen jugador; tiene alma de estoico y de valiente. Mientras la Fortuna le huye, él espera y aguanta, y hasta consiente morir en un orgulloso olvido; pero ahí se muestra la Fortuna y el héroe pone su vida a una jugada.

Es un nuevo hombre el que nace. Está vibrando de actividad y se crece, materialmente se agranda y multiplica en aptitudes y calidades. Se le ve trocarse en hombre pulido y ostentoso. Marcha a la corte y no se inmuta delante del Emperador. Toma un poco el aire del exitista, porque es indispensable para navegar entre Ministros y cortesanos y para eludir las zancadillas o estorbos del Consejo de Indias. Se viste, pues, de conquistador, cuando en realidad no ha conquistado nada todavía. Es decir, que se compromete todo él, lo pone todo a una jugada, para evitar cualquier retroceso.

Y tanto se ha comprometido, que no duda en apresurar su viaje a costa de saltar por encima de los formulismos oficinescos. Contratada la conquista del Perú con la Corona, recibe los condignos honores y los títulos necesarios; ha prometido reclutar un ejército, que no acaba de completar nunca; impaciente, temeroso de perder la partida, comete un ligero fraude y zarpa de Sevilla sin llenar todas las formalidades. No importa; él subsanará la falta de soldados poniendo lo que le sobre de corazón. Con pocos o muchos, él conquistará el Perú. Y tienen, ciertamente, los actos de Pizarro, esta particularidad: no cuenta el número y la masa de su gente, ni se asusta por la limitación de sus pertrechos y material de guerra; no se para en contar sus arcabuceros y cañones; diríase que tiene una fe ciega en su valor personal, como un héroe de los libros de caballería. Se le habrá de ver, poco antes de atravesar la cordillera, brindar, a quien quisiere, la eximisión del contrato, y despedir sin ira ni pena a los soldados que, efectivamente, por miedo a la aventura, retornan al abrigo del pueblo de San Miguel.

Es un caso especial entre los conquistadores este membrudo y taciturno héroe, que no cuenta, que no pesa su tropa y material por el número o cantidad. Sólo le importa la calidad. Fía en los hombres por lo que tienen, no por lo que representan. Es así el tipo del héroe representativo que da al hombre un valor ilimitado, casi milagroso. Para él un hombre equivale a una infinita posibilidad.