De otro modo sería imposible comprender cómo ninguna fuerza humana se lanzase a tal empeño con tan reducidos recursos. ¿Era inconsciencia? No, porque Pizarro había perdido lo mejor de su vida en experiencias americanas. ¿Era un concepto despreciable del poderío de los Incas? Tampoco podemos presumir que aquel hombre, habituado a las guerras indias y trabajado por tantos peligros, desconociese la gravedad de la empresa o ignorase las fuerzas de un imperio extenso, rico, populoso y organizado.

No hay más que aquella fe en el valor del hombre de que hablábamos. Siéntese Pizarro él mismo tan capaz y resistente, tan apto para lo increíble y excepcional, que aplica a los otros hombres su propio concepto. Su concepto del hombre es infinito. Y no piensa seguramente por ilusorias hipótesis; cada uno de sus hombres lo ha contratado él mismo, lo ha palpado y lo ha probado. Mira a su gente marchar, proceder, desenvolverse. Examina y estudia a sus soldados en los menesteres incontables de la expedición, oye sus murmuraciones, asiste a sus trabajos, pulsa su resistencia en las marchas y escaramuzas. Cuando se interna al fin en la fragosidad de los Andes, Pizarro sabe que no comanda un ejército: manda y dirige a ciento sesenta y cuatro hombres.

Nuestra época tiene un sentido multitudinario y una noción panegírica de la masa y el número; el Renacimiento, al contrario, atribuía al individuo un valor de excepcionalidad, y fué aquel período, es cierto, algo como una sorprendente floración de personalidades. La constitución social de España, con su régimen de hidalgos, prestábase entonces sobremanera a que descollasen los individuos de pro y a la culminación de temperamentos excepcionales. Los hombres de la tierra extremeña eran singularmente aptos para la excepcionalidad individual. Porque en los países de población muy densa, muy abundante, los hombres tienden con facilidad a formar muchedumbres y a convertirse en gente, tanto como en los territorios despoblados y recios los hombres tienden a ser personas. En algunas comarcas numerosas, nutridas, bullentes, del centro de Europa, los hombres se confunden y mezclan con las casas, los sembrados, las ciudades y los talleres, de tal modo, que desaparecen y se anegan en la totalidad; la totalidad es lo único que destaca, como una grande y hermosa nota orquestral. Pero en ciertos países, y uno de ellos es Extremadura, cada pueblo, en la soledad, adquiere una importancia suprema; un simple pastor, en el inmenso despoblado, nos sugiere casi la idea divina de la humanidad. Y aquel hombre está en medio del paisaje como algo extraordinario, inconfundible, parecido a sí mismo, único en el mundo.

Hernán Cortés, con su medio millar de soldados, con su pequeño tropel de marineros, artesanos y mercaderes, supone ya un concepto de multitud y de masa; Pizarro lleva sólo 164 hombres, todos aptos para combatir. Más pobre y apurado de medios que Cortés, cuenta en su tropa tres escopetas... Bien es verdad que llevaba con título de general de artillería al griego animoso, el que pasó de los primeros la raya trascendental en la isla del Gallo, el fiel Candía. Lleva como ayuda, para los lances a distancia, veinte ballesteros... Pero cuenta con una proporción de caballos muy superiores a las otras expediciones; van sesenta y dos caballeros para ciento dos infantes.

Bien, ya todo está en orden y cumplido. Han fundado la ciudad de San Miguel en la costa, para que sea un refugio y un punto de contacto con Panamá, con el mundo. Se ha indagado el régimen del país, espiado a los caciques y explorado los contornos. Es preciso penetrar al corazón del imperio, y sobre todo conviene ir recto al núcleo, al órgano vital del país, al mismo campo del emperador Atahualpa.

Para llegar a la meseta de Caxamalca, donde acampa el gran Inca, será preciso internarse en las gargantas de la cordillera, escalar los puertos de los Andes, llegar al límite de los hielos y las nieves y caer en el seno de un país que se ignora. No se dará, no, un paso que no sea medido. Francisco Pizarro saca del fondo de su ser todas las instintivas o experimentadas cualidades de astucia, observación, inteligencia y tiento. Se aviva en él la naturaleza astuta, y va, en efecto, preparando el salto de tigre poco a poco. Envía mensajeros al emperador, interroga a los indios, adula o amenaza a los caciques. Hácese el imprudente, para desconcertar al adversario, y se deja atraer a la cueva del lobo, prestándose desde luego a ser comido...

De pronto, llegando a los últimos contrafuertes de los Andes, muéstrase a los españoles el camino del puerto; es una escalera tallada en la roca, larga y altísima, dominada por horribles derrumbaderos. Hasta entonces todo ha marchado menos mal; los preparativos de la astucia están bien trabados; pero falta la última prueba y ésta no consiente argucia alguna... Es preciso arriesgarse, jugar a una carta. Los soldados palidecen y aun osan advertir al general el rumbo temerario de la empresa. El general sabe que en la vida del héroe hay un instante que decide precisamente y califica el heroísmo; es el momento en que el camino se estrecha, se hace excepcional, se obstaculiza para los hombres inferiores o medianos. Es el momento en que hace falta jugar. Pizarro juega, salva la cordillera, sigue, y por último cae en pleno campamento de Caxamalca, donde millares de indios rodean a su luminoso y divino Emperador.

CAPÍTULO XII
LOS CAPITANES

¡QUÉ diferentes los Ejércitos de ahora, multitudinarios y anónimos, asiáticos por su formación y su finalidad, de aquellas huestes españolas de la Conquista! Se ha dicho de España que es inhábil para crear Ejércitos multitudinarios, y experta como ninguna nación para el manejo de la pequeña tropa. Sin duda, nuestro espíritu guerrero se conforma mejor al estilo griego de combate que al asiático de las grandes masas. Cuando la necesidad ha querido, España luchó con grandes Ejércitos; pero su gusto y su excelencia estaban en las huestes poco numerosas, fáciles de gobernar, donde cada soldado era una persona, y no un número, y en que todos iban electrizados por la energía del capitán.

Estas pequeñas tropas de soldados han desaparecido, tal vez para siempre; por eso es más grato recordarlas ahora. Nuestra alma europea, educada en las tradiciones del individualismo y de la personalidad, se resiste a admitir las formas anónimas, asiáticas, democráticas y como de sufragio universal de este heroísmo moderno y estas multitudes armadas. Nos sentimos más acordes con la forma personal y aristocrática del guerrero antiguo, con el soldado de Grecia, que luchaba al pie de los muros, donde su esposa y sus amigos le reconocían, le alentaban, o con el guerrero medioeval, que a veces peleaba solo contra una tropa entera de adversarios.