Los historiadores de Indias saben reproducir las formas clásicas de la narración en este aprecio individual y detallista de cada soldado. Los héroes que salen entonces de España no son números, con su ficha de identidad colgada al cuello; cada uno de ellos es una persona, y de muchos de ellos conocemos los pormenores, la vida, el grado de valor, los méritos y hasta los detalles psicológicos. Especialmente Bernal Díaz del Castillo, con su hermosa tosquedad de soldado, ¡cómo acierta a interesarnos con sus descripciones personales, que son perfectos retratos varoniles de alto valor artístico! Parece que nos retrae a los tiempos de la buena epopeya, cuando el padre Homero pinta a cada uno de los soldados, lo nombra, dice de dónde es y quiénes eran sus antepasados.
Tan al detalle habla de los conquistadores el bueno de Bernal Díaz, que necesita explicar su acierto y hasta quitarle importancia a su maestría, exclamando: «No es mucho que se me acuerde ahora sus nombres, pues éramos quinientos y cincuenta compañeros, que siempre conversábamos juntos, así en las entradas como en las velas, y en las batallas y encuentros de guerras, e los que mataban de nosotros en las tales peleas...»
Eran compañeros que se ayudaban y proveían; juntos entraban a los peligros, juntos batallaban, y a la noche, en el vivaque, mientras se secaban el sudor o la sangre, trasmitíanse unos a otros los cuentos, historias y fantasías. Conocíanse todos bien al menudo.
Se sabía quién era alegre y quién melancólico, quién de alma atravesada y quién de espíritu generoso. Y como el corazón y los músculos valían en aquella empresa tanto, los historiadores definen las particularidades físicas de cada uno con especial interés. Un capítulo dedica Bernal Díaz del Castillo a retratar a los soldados de Cortés, y su lectura tiene un sabor épico extraordinario, más sugestivo porque está empapado del realismo español.
Pasan, pues, los soldados en esa descripción de Bernal Díaz como una muchedumbre de rostros enérgicos y brazos fornidos. El modo sencillo y fuerte de retratar recuerda al punto la manera de nuestros grandes pintores; estamos viendo hombres como en Velázquez y Zurbarán; pero ¡qué brava categoría de hombres!
Aquí está Pedro de Alvarado, el mayor y principal de los hermanos extremeños que acudieron a todas las empresas del continente. Es el retrato de un capitán brillante, propio para encuadrarse en la grandeza del Renacimiento. «Fué de muy buen cuerpo e bien proporcionado, e tenía el rostro y cara muy alegre y en el mirar muy amoroso; e por ser tan agraciado le pusieron por nombre los indios Tonatio, que quiere decir el sol.»
Aquí está Gonzalo de Sandoval, hidalgo de Medellin, recia figura juvenil (veintidós años), que tenía «la estatura muy bien proporcionada y de razonable cuerpo y membrudo; el pecho alto y ancho, y asimismo la espalda, y de las piernas algo estevado; el rostro tiraba algo a robusto, y la barba y el cabello que se usaba algo crespo y acastañado; y la voz no la tenía muy clara, sino algo espantosa, y ceceaba tanto cuanto».
Aquí pasa «otro buen capitán, que se decía Juan Velázquez de León, natural de Castilla la Vieja: sería de hasta veinte y seis años cuando acá pasó; era de buen cuerpo, e derecho e membrudo, e buena espalda e pecho, e todo bien proporcionado e bien sacado; el rostro robusto, la barba algo crespa e alheñada, e la voz espantosa e gorda...».
Ahora veremos los rasgos morales de estos guerreros, que tienen, como buenos luchadores, visibles y pronunciadas las virtudes esenciales y simples que son necesarias en la guerra, sobre todo en una guerra semi-robinsoniana y casi sobrenatural como la de la Conquista.
Lo que principalmente ponderan los historiadores de Indias en los capitanes es la cualidad del valor, y en seguida resaltan el mérito de la justicia, la generosidad y el amor con los compañeros de trabajos.