Si pudo consumar Hernán Cortés tan inauditas hazañas, fué a causa de su ascendiente personal, de su brillo, de sus cualidades generosas, que arrebataban a los soldados. El capitán que intentase arrastrar a aquellos hombres en empresas siempre penosísimas necesitaba recurrir a esfuerzos psicológicos que correspondían al mundo de la genialidad; las pragmáticas reales, los consejos de disciplina y otros fáciles recursos de los Ejércitos europeos valían bien poco en aquellas incógnitas inmensidades, donde cada hombre era una voluntad temible pronta a la rebeldía.

De Gonzalo de Sandoval cuenta su cronista que «ni era codicioso de haber oro, sino solamente hacer sus cosas como buen capitán esforzado, y en las guerras que tuvimos en la Nueva-España siempre tenía cuenta de mirar por los soldados que le parecía que lo hacían bien, y les favorecía y ayudaba».

De otro capitán se dice: «Fué muy animoso y de buena conversación; e si algunos bienes tenía en aquel tiempo los repartía con sus compañeros...» Las palabras franco, alegre y justo abundan en estos retratos varoniles, que nos muestran constantemente, no la bestia avara y cruel de los calumniadores históricos, sino un tipo de capitán conquistador, todo macerado en virtudes generosas, exaltadamente varoniles.

A veces salta el ejemplar gracioso, como aquel capitán Pedro de Yrcio, tal vez vizcaíno, que era de mediana estatura y paticorto «e tenía el rostro alegre, e muy plático en demasía que haría e acontecería, e siempre contaba cuentos de don Pedro Girón e del conde de Ureña: era ardid de corazón, e a esta causa le llamábamos Agrajes sin obras».

Otras veces nos conmueve el retrato del capitán sublime y trágico, de la madera de aquel Cristóbal de Olea, castellano viejo, que tenía «buen pecho e espalda, el rostro algo robusto, mas era apacible... e la voz clara». He aquí el tipo predestinado. El rudo Bernal Díaz del Castillo, no se sabe cómo, sin pretenderlo, pues no estaba en su costumbre, deja caer o vagamente insinúa una honda y breve emoción al retratar a este capitán noble, puro, que había de morir como los grandes soldados fieles y fervorosos saben: defendiendo a su señor. Este soldado joven, apacible y de voz clara, «fué en todo lo que le veíamos hacer tan esforzado, e presto en las armas, que le teníamos muy buena voluntad, e le honrábamos».

Era un predestinado; su sino le arrastraba a una muerte fija, insalvable: la del mártir marcial. Parece un héroe calderoniano por su concepto exaltado del honor, pero sin retórica rimada, sino con hechos. «Fué el que escapó de muerte a don Fernando Cortés en lo de Suchimileco, cuando los escuadrones mejicanos le habían derribado del caballo el Romo, e le tenían asido y engarrafado para lo llevar a sacrificar; e asimismo le libró otra vez cuando en lo de la calzadilla de Méjico lo tenían otra vez asido muchos mejicanos para lo llevar vivo a sacrificar, e le habían ya herido en una pierna al mismo Cortés. Este esforzado soldado hizo cosas por su persona, que, aunque estaba muy mal herido, mató e acuchilló e dió estocadas a todos los indios que le llevaban a Cortés, que les hizo que lo dejasen, e así le salvó la vida... y el Cristóbal de Olea quedó muerto allí por lo salvar...»

Al escribir estas últimas palabras, la pluma quiere detenerse y dar con ellas por terminado el breve elogio, la somera justificación de los Conquistadores. El capitán Cristóbal de Olea, que insiste en defender a su jefe de la muerte, como si presintiera el sublime destino que necesitaba cumplir Hernán Cortés; ese valiente hidalgo que muere por escudar al general, será, pues, quien cierre la lista de los heroísmos y las maravillas, cuya exposición, demasiado rápida, nos hemos propuesto.

Estos son los hombres que han creado la América. Veamos ahora, finalmente, qué sentido nuevo de la vida trajo a la humanidad el mundo que los Conquistadores inauguraron.

CAPÍTULO XIII
EL SENTIDO DE AMÉRICA

I