Es curioso observar cómo la gente vasca del Renacimiento se adaptó al destino y al carácter castellanos, y se alió de buen grado e íntimamente a las empresas mundiales españolas. Es verdad que el Renacimiento tuvo la virtud de remover las razas y de engrandecerlas, inspirándoles el sentido de lo sublime y de lo universal. El país vasco salió también él de su ruralismo y osó a la universalidad; sus hombres comprendieron la grandeza de la hora y se incorporaron al ímpetu universalista de la España de entonces. Pocos hombres han tenido tan alto el sentido de la universalidad como San Ignacio de Loyola. Dando el primero la vuelta al mundo significó por su parte Elcano ese espíritu universalista.

Como todos los cantábricos en general, el vasco tenía las cualidades que distinguen al hombre de acción y que se requerían para aquellas empresas: valor, voluntad, largo aliento y amor de la aventura. Pero además de esto, poseían para aquellos trances homéricos la capacidad del tozudo trabajo. Iban, pues, en oficio de marinos y soldados; pero también iban como trabajadores. Ya entonces debía de ser el vasco lo que ahora es: una persona mezcla de aventurero, de contratista y de aspirante a millonario. Para abrir minas y caminos, para improvisar puentes y embarcaderos, los vascos eran sin duda materia presta e idónea. Así nos lo revela, por ejemplo, la relación que Gil González hace del paso y utilización del Istmo de Panamá. Vemos, pues, a Núñez de Balboa descubrir el mar del Sur después de increíbles trabajos, y le vemos empeñado en trazar un camino de trocha que a través de las sierras y los bosques habilitase las costas del océano recién descubierto. La tentativa de abrir el camino se malogra dos veces. Mueren las caballerías, perecen los obreros, la empresa equivale a un heroísmo...

«Fué forzoso abrir camino por otra parte mucho más espesa, e aún fué menester por la mucha espesura del monte con pilotos e agujas de marear entender en ello para sacarle el más derecho que ser pudiere... Entre la gente que es muerta desta armada después que salí en estos reinos (Panamá), que son veinte personas, ha sido la mayor parte dellos vizcaínos (vascongados).»

La gente cántabra llegó desde el principio a América, y no ha cesado de actuar en aquel continente, hasta nuestros mismos días. Llena está América de apellidos vascongados. Embarcaron con Colón, Cortés y Pizarro a servir de marinos, soldados, ingenieros y constructores de calzadas; más tarde fueron en calidad de evangelizadores; por último se lanzaron a los negocios de la colonización, fundando establecimientos de agricultura y flotas navieras tan importantes como la célebre Compañía de Caracas.

Diríase que América ha sido la providencia del país cantábrico, como si, en efecto, estuvieran conformado por el destino a la medida de América. La Pampa argentina ha recibido durante mucho tiempo la visita del inmigrante vasco, en una época en que pocos querían arriesgarse a las contingencias de una dudosa expatriación. Es así que en el poema argentino de «Martín Fierro», que expresa tan realmente el estado de aquel país a mediados del siglo XIX, los únicos personajes exóticos son el napolitano y el vascongado. El vasco era sin duda ya entonces un individuo que se hallaba en todas las partes de la Pampa, porque el héroe del poema, el gaucho Martín Fierro, al narrar un episodio dice como la cosa más natural:

«Se tiró al suelo al dentrar,
«le dió un empellón a un vasco»,
y me alargó un medio frasco,
diciendo: Beba, cuñao...»

Colaboradores asiduos, ardientes y numerosos, ¿cómo es, sin embargo, que los cántabros no hayan dado a la historia de la conquista de América un nombre resaltante, único y genial como Cortés, Pizarro o Balboa?

Es un hecho extraño y perturbador que hayan tenido que ocupar siempre un puesto de segundo orden, el puesto del ayudante o del colaborador. Es en cierto modo trágica esa predisposición de la gente vasca a detenerse en el penúltimo escalón de la nombradía, y el figurar en las grandes empresas como piloto, y no como capitán. Esto es más notable y dramático, y desde luego digno de estudio, si se considera que el vasco posee las cualidades que exige el primer puesto: vanidad, ambición, sed de renombre y gloria, anhelo de la jerarquía.

Lo cierto es que el vasco siempre se halló en los grandes hechos, pero no como capitán, sino en calidad de piloto. Es el Andagoya que prepara los barcos y explora las playas; pero el que conquistará Perú será Pizarro. Es Elcano quien rodeará el mundo por primera vez; pero saldrá de piloto en la expedición, y Magallanes logrará el premio inmortal del viaje. Esto se repite siempre y en todos los sitios; el vasco anda cerca del generalato, de la genialidad, y no logra dar el salto decisivo. En la batalla de Pavía es el soldado vasco Juan de Urbieta quien se halla más cerca de Francisco I y le toma la espada; pero está cerca, está al borde del éxito, y no es él precisamente quien gana la batalla. En arte, en política, en todos los afanes príncipes busca el vasco el lugar del peligro y de la gloria, ¡y no consigue la genialidad, y se limita a ser piloto!...