¿Por qué? ¿Hay una fatalidad en los pueblos? ¿Hay un efecto de casualidad, de oportunidad?
Sutilizando el hecho, podríamos atribuir ese fenómeno del vasco secundario como producto de la democracia vascongada. Exento de tradición monárquica y señorial, exento de ciudades y de cultura propia, el país vasco ha tenido que carecer por consiguiente del verdadero instinto del lujo y del mando. En un país de celosa igualdad, el hombre ambicioso, vano y vehemente necesitó buscar fuera un campo para sus hazañas. Pero desde el principio estaba en situación de inferioridad frente a otros hombres naturalmente próceres, altivos, seguros de su rango y que por tradición frecuentaban la corte y asumían en la familia los cargos eminentes de la guerra y el mando político. El sentido natural y fatal del mando: he ahí lo que tal vez les faltó a los vascos, que no obstante poseían toda la codicia y la ardiente sed del mando.
El cántabro ha sido principalmente rural. El ruralismo se distingue por un cierto titubeo, por una timidez, por una duda constante, por fiar a la astucia y a la espera el éxito de los propósitos. Pero el gobierno de la genialidad requiere otros caminos; para ser capitán es preciso la aptitud convencida, instintiva, rápida e indiscutible del mando. El hombre de mando no duda; hace como los reyes de origen divino; siente que una fuerza extrahumana lo ha puesto al frente de la empresa. Este era el caso de Hernán Cortés.
III
EJEMPLO DE UNA RECLUTA DE CONQUISTADORES
(Bernal Díaz del Castillo. “Conquista
de la Nueva España”. Cap. XXI.)
«E así como desembarcamos en el puerto de la villa de la Trinidad, y salimos en tierra, y como los vecinos lo supieron, luego fueron a recibir a Cortés y a todos nosotros los que veniamos en su compañía, y a darnos el parabien venido a su villa, y llevaron a Cortés a aposentar entre los vecinos, porque habia en aquella villa poblados muy buenos hidalgos; y luego mandó Cortés poner su estandarte delante de su posada y dar pregones, como se habia hecho en la villa de Santiago, y mandó buscar todas las ballestas y escopetas que habia y comprar otras cosas necesarias y aun bastimentos; y de aquesta villa salieron hidalgos para ir con nosotros, y todos hermanos, que fué el capitán Pedro de Albarado y Gonzalo de Albarado y Jorge de Albarado y Gonzalo y Gomez e Juan de Albarado el viejo, que era bastardo; el capitán Pedro de Albarado es el por muchas veces nombrado; e tambien salió de aquesta villa Alonso de Avila, natural de Avila, capitán que fué cuando lo de Grijalva, e salió Juan de Escalante e Pedro Sanchez Farfan, natural de Sevilla, y Gonzalo Mejía, que fué tesorero en lo de Méjico, e un Baena y Juanes de Fuenterrabía, y Cristóbal de Olí, que fué forzado, que fué maestre de campo en la toma de la ciudad de Méjico y en todas las guerras de la Nueva España, e Ortiz el músico, e un Gaspar Sánchez, sobrino del tesorero de Cuba, e un Diego de Pineda o Pinedo, y un Alonso Rodriguez, que tenia unas minas ricas de oro, y un Bartolomé García y otros hidalgos que no me acuerdo sus nombres, y todas personas de mucha valía. Y desde la Trinidad escribió Cortés a la villa de Santispíritus, que estaba de allí diez y ocho leguas, haciendo saber a todos los vecinos cómo iba a aquel viaje a servir a su majestad, y con palabras sabrosas e ofrecimientos para atraer a sí muchas personas de calidad que estaban en aquella villa poblados, que se decían Alonso Hernández Puertocarrero, primo del conde de Medellin, y Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor e gobernador que fué ocho meses, y capitán que después fué en la Nueva España, y a Juan Velazquez de Leon, pariente del gobernador Velazquez, y Rodrigo Rangel y Gonzalo Lopez de Jimena y su hermano Juan Lopez, y Juan Sedeño. Este Juan Sedeño era vecino de aquella villa; y declarólo así porque habia en nuestra armada otros dos Juan Sedeños; y todos estos que he nombrado, personas muy generosas, vinieron a la villa de la Trinidad, donde Cortés estaba; y como lo supo que venian, los salió a recebir con todos nosotros los soldados que estábamos en su compañía, y se dispararon muchos tiros de artillería y les mostró mucho amor, y ellos le tenian grande acato. Digamos ahora cómo todas las personas que he nombrado, vecinos de la Trinidad, tenian en sus estancias, donde hacian el pan cazabe, y manadas de puercos cerca de aquella villa, y cada uno procuró de poner el mas bastimento que podia. Pues estando desta manera recogiendo soldados y comprando caballos, que en aquella sazon e tiempo no los habia, sino muy pocos y caros; y como aquel hidalgo por mí ya nombrado, que se decia Alonso Hernandez Puertocarrero, no tenia caballo ni aun de qué comprallo, Cortés le compró una yegua rucia y dió por ella unas lazadas de oro que traia en la ropa de terciopelo que mandó hacer en Santiago de Cuba (como dicho tengo); y en aquel instante vino un navío de la Habana a aquel puerto de la Trinidad, que traía un Juan Sedeño, vecino de la misma Habana, cargado de pan cazabe y tocinos, que iba a vender a unas minas de oro cerca de Santiago de Cuba; y como saltó en tierra el Juan Sedeño, fué a besar las manos a Cortés, y después de muchas pláticas que tuvieron, le compró el navío y tocinos y cazabe fiado, y se fué el Juan Sedeño con nosotros. Ya teníamos once navíos, y todo se nos hacia prósperamente, gracias a Dios por ello; y estando de la manera que he dicho, envió Diego Velazquez cartas y mandamientos para que detengan la armada a Cortés, lo cual verán adelante lo que pasó.»