VIII
EL CANTO DEL EMIGRANTE
Decrépita Europa; avaro país del ahorro; patria de la prudencia y del temor, de la medida y de la minuciosidad, de lo reglamentado y de lo limitado: vieja Europa, ¡adiós!
Vamos al país ancho y luminoso; al país que no tiene límites; a la patria de la inconsciencia; a la tierra que no cuenta, ni mide, ni ahorra, ni recela; al país que no tiene miedo del mañana, sino que ama al mañana, con la clara y confiada alegría del niño. Vamos a la tierra de promisión, donde existe todavía el azar, y lo fortuito, y lo imprevisto, y las locas sorpresas.
La prudencia de Europa nos había agarrotado entre sus brazos de sabiduría. ¡Malhaya la sabiduría que proporciona el hambre! Estamos cansados de experiencia, de prudencia, de medida y de limitación. Deseamos vivir la vida grande, la vida amplia. Nos ahogábamos en aquella atmósfera de prudencia, donde todo está contado y previsto.
Adiós, tierra anciana y perezosa. Nosotros buscamos otra tierra virginal, que da sin cálculo ni medida. La tierra de Europa carece de ingenuidad; tiene la sabiduría de lo anciano, y entre ella y el agricultor se establece un contrato severo de exacta justicia; paga sus frutos a cambio de tantos puñados de abono—ni uno menos—y a cambio de tantos golpes de azada. Si no se le da lo que exige, no rinde lo justo. Es como un experimentado comerciante. Aquella tierra sabe demasiado. Tiene el pulso de la ciencia, de la vejez, de las largas comprobaciones. Ha llegado al límite del cálculo, maneja la balanza con una prolijidad de tendero.
Mirad, en cambio, esa tierra nueva que se nos ofrece. Tiene la encantadora inexperiencia de la juventud, que confía en sus recursos vigorosos. Esa tierra joven se abre al soborno, al engaño, a la violencia del hombre. Lo da todo; se da entera, toda entera, al primer advenedizo. ¿Para qué quiere ella reservarse? La juventud no es previsora, carece de miedo, porque se cree inmortal y porque piensa que su vigor no ha de extinguirse jamás. Se la engaña con cuatro someros golpes de arado, con unos puñados de semilla arrojados al viento; no pide abono, no conoce la virtud estimulante de la química. Quédese el abono, la estimulación química, para las tierras ancianas y perezosas; esa nueva tierra de América, como un joven vigoroso, se ríe de los estimulantes.
Europa quedó lejos, al otro lado de las altas olas. Las últimas cruces de sus campanarios desaparecieron en el horizonte; los amigos y los parientes que gritaban en el puerto, desaparecieron también: ya no escucharemos sus voces queridas, ni sentiremos el calor amargo de sus lágrimas cariñosas. ¡Oh patria, oh patria!... A pesar de tu ingratitud, no podemos arrancarte de nuestro corazón. Tu recuerdo nos ha seguido en el curso de la mar, como una golondrina sigue la estela del barco corredor. ¿Por qué nos atormentas?... Si has querido ser cruel, hasta el punto de lanzarnos a la emigración, ¿por qué nos persigues todavía? Desde lejos nos están hablando tus palabras insinuantes y pérfidas; nos traes el eco de los tamboriles y gaitas natales, el rumor de los bosques infantiles, las risas de las muchachas, el alboroto de los bailes domingueros, las hogueras de San Juan, las cenas de Nochebuena, el canto de los grillos, las fiestas de la vendimia... ¡Oh patria, oh patria! Déjanos para siempre, no prolongues tu crueldad hasta más allá de la emigración. Nos esclavizabas con el hambre, ¿y quieres ahora esclavizarnos con la nostalgia?
El viaje llega a su fin. Piadoso, el mar nos ha transportado sobre sus robustas espaldas, nos ha mecido blandamente, y para que el pavor no amilane nuestras almas, ha separado las greñas adustas de la tempestad. En las noches de luna sus olas nos han hablado aquel lenguaje monocorde y sereno, tan propicio a las evocaciones lejanas. Y el cielo del trópico nos ha regalado la fiesta de sus crepúsculos dorados, la brillantez de sus amaneceres, la pompa bíblica de sus noches estrelladas.
Ya el viaje llega a su término. Aparecen las primeras gaviotas, como un saludo de las costas cercanas. Una mancha obscura ciñe el borde del horizonte. ¿Serán las nubes aún? ¡Es la tierra, la tierra de promisión, la tierra soñada! Y en seguida emergen de la bruma las torres de la gran ciudad, las chimeneas humeantes, las cúpulas.
¡Salve, salve, tierra novísima! Acógenos con liberalidad. Que seas hospitalaria con nosotros los desterrados del viejo mundo. Que tu sol ilumine nuestros afanes; que tus vientos encumbren nuestras esperanzas. Que nos concedas la rica, la amada libertad.