Ea, pues, compañeros, pongamos nuestra planta segura sobre esa tierra nueva. Tomemos posesión de las llanuras y de las montañas, de los bosques y de los ríos. Marchemos hacia las selvas, donde los árboles centenarios guardan el secreto de los siglos que pasaron. El golpe de nuestras hachas hará despertar a los policromos papagayos y el cielo se punteará de colores caprichosos. Al ruido de nuestros pasos, el tigre cruel levantará su cabeza feroz; pero no temamos. Somos la vida inteligente, la civilización y la paz. Todas las alimañas de la selva necesitarán huir, desaparecer, ante nuestra invasión arrolladora.
Marchemos hacia las remotas montañas, escalemos los picos de las cordilleras. Que los cóndores solitarios abandonen también sus madrigueras. Más alto que las nubes, sobre las madrigueras de los cóndores soberbios, ¡nosotros levantaremos la frente ambiciosa! Nos trae la ambición. Contra la ambición no valen nada las barreras de los montes más encumbrados. Y no nos detendrá el hielo. Iremos a los valles desiertos del Mediodía, allí donde los pájaros marinos graznan su estúpido canto en la soledad de los acantilados. Llevaremos la vida a aquellas playas distantes, y el humo de los hogares civilizados levantará su columna gloriosa en el cielo hiperbóreo.
Marchemos hacia la llanura. ¡Oh, qué maravilla divina, regalo de los dioses benéficos, ofrenda del cielo a los hombres de buena voluntad! Sus límites se confunden con el mar y con las ingentes cordilleras. Como un plato de abundancia se ofrece al hombre laborioso. Grande, inmensa, fabulosa, esa llanura no se acaba nunca. Parece un sueño fabuloso, o un cuento oriental. Su tierra es negra, blanda, profunda; no la entorpecen las rocas; toda ella es aprovechable, semejante al manjar que la providencia de una madre presenta al hijo. Y esa llanura infinita nos está aguardando. Nos espera, como la amada al amado, temblando de emoción, impaciente de recibir en sus entrañas nuestra caricia.
¡Hurra, hurra! Los desheredados del viejo mundo, los hijos de la pobreza, los expulsados, marchemos a conquistar la tierra prometida. Con arados y azadones la conquistaremos. Será nuestra. Tendremos tesoros, riquezas increíbles, rebaños.
Qué placer tan viril hundir el arado en la tierra virgen y ver cómo brotan mares de espigas. Anegarse en el oro del trigo cosechado. Sentir que la tierra produce sin esfuerzo, y que al tiempo de cosechar llega la fortuna repentinamente. Tender la mirada hasta el horizonte y ver que todo aquel océano de espigas maduras nos lo regala el destino. Sentirse fuerte y pletórico, como nadando en abundancias consecutivas y sin fin...
El placer de los rebaños ascendentes, prolíficos; los rebaños que se hinchan, se agigantan, como en las leyendas bíblicas; los rebaños más numerosos que las arenas de la mar. La reproducción fastuosa, el crecimiento inaudito. Las ovejas que se multiplican en cifras de millares; el novillo que se convierte en multitudes de toros bramadores. Toda la llanura cubierta de vida y de abundancia. ¡Marchemos, compañeros, a conquistar esa tierra de promisión!
Nosotros también, como las espigas y los ganados, nos multiplicaremos. Pequeños somos, es verdad, y pobres; pero nuestra semilla humana fructificará en cosechas de muchedumbres futuras. De nuestra raíz ambiciosa y viril nacerá el pueblo venidero. La llanura se cubrirá con los hijos de nuestra sangre, y ese pueblo futuro se hinchará, se agrandará gigantescamente, como las arenas del mar. Y así tendrá el mundo una reserva de nuevas y juveniles probabilidades. Cuando los continentes viejos no produzcan más que flores fatigadas, los hijos de nuestra sangre ofrecerán a la humanidad sus energías ingenuas, su entusiasmo y su optimismo.
Sea bendito el fruto de nuestro trabajo. Y mil veces bendito sea el fruto de nuestra sangre, el hijo de nuestro ser. Que la Fortuna lo adopte y lo cuide celosamente, para que se convierta en una fuerte realidad; para que no se malogre en vanas tentativas; para que no le arrastre el demonio de la estúpida soberbia, o el otro demonio de la frivolidad, o aquel otro demonio que se llama sensualismo. ¡Que la Fortuna adopte al hijo de nuestra sangre, para que sea una realidad de fuerza, de pensamiento y de idealismo!