IX
ASPECTOS DE BUENOS AIRES
Carencia de viejos
Deseo hacer partícipe al lector de una de mis habituales preocupaciones: ¿Dónde están los viejos porteños? ¿Hay ancianos en Buenos Aires? Y si existen viejecitos en esta turbulenta ciudad, ¿en qué rincones misteriosos se ocultan?
El interés de algunas ciudades estriba nada más que en el número y la exhibición de sus ancianos. Los viejecitos de esas ciudades, generalmente tranquilas, suelen tener sus plazas y paseos exclusivos, adonde acuden los días de buen sol, si es invierno, o en las mañanas frescas del estío. Se les ve también en las puertas de las casas, mirando beatíficamente el transcurso de las cosas callejeras, o formando grupos en los bancos de los paseos, para comentar los sucesos de hace medio siglo.
Estos viejos acartonados no existen en Buenos Aires. Naturalmente que sería demasiada exigencia pedir que en el vértigo de la City se pasearan con su pasito breve los sobrevivientes del tiempo de Rosas. Las ciudades agitadas suelen excluir de su centro vital a todas las personas débiles; pero en los remansos tranquilos, en los paseos centrales de París, por ejemplo, es frecuente encontrar a los pulcros ancianos de vestimenta anticuada y con la roseta, a veces, de una honorable condecoración.
Yo he indagado en los paseos de Buenos Aires, y no he visto en ellos más que niños, transeúntes melancólicos y atorrantes. ¿Es que no hay viejos en Buenos Aires? Acaso no existan, en efecto, o cuando menos no forman multitud. Desde luego puede asegurarse que no existe esa clase de ancianos vegetativos, ambulantes, acartonados, de aquellos que parecen conservarse por virtud de un ambiente particular.
A muchos podrá parecerles este dato desconsolador. Pero si miramos al fondo del problema, fácil nos será advertir que la vejez acartonada, la vejez estacionaria y vegetativa, no siempre señala un grado distinguido de vitalidad. Al contrario, los casos de vejez excesiva son patrimonio de los países estacionarios, en que la existencia carece de energía y de ardor. Los viejos centenarios, según dicen las estadísticas, están en mayor número en los pueblos pobres y poco fecundos. Allí se llega a la longevidad por ausencia de gasto: es un efecto de economía que entra de lleno en la sordidez. A fuerza de escatimar la acción, la vida se prolonga; pero esa clase de vida, si vida puede llamársele, no merece ser envidiada.
Mientras que en los pueblos activos, el hombre vive plenamente, sin reservarse; se abandona al remolino del azar, y pone todo su tesoro vital en la contienda. No se resguarda sórdidamente. Sus nervios, sus músculos, sus órganos fundamentales, su cerebro, su imaginación, todo lo lanza a la vida. Cincuenta años de brega significan una larga historia de emociones. Vive, pero vive plenamente, con todo su ser, robustamente, intensamente. Negocia su existencia a un plazo corto; cuando el plazo ha vencido, sus órganos están destrozados. La muerte, inexorable cobrador, llega a hacer efectiva la letra. Y todo acaba. Y otro acude en seguida a ocupar el puesto...
Faltan gatos
Otra particularidad muy curiosa de Buenos Aires, es que mantiene muy pocos gatos. Si se pudiera hacer una estadística de tales mamíferos, quedaríamos sorprendidos ante la cortedad de las cifras.