En muchos países se considera al gato como una entidad adherente, indispensable, necesaria a la familia. El gato viene a ser así algo como el fogón, como el lecho, como la cuna, como la olla. Una familia sin gato, en esos pueblos a que me refiero, equivale a una familia trunca e incompleta. Cuando la familia cambia de lugar, el gato sigue el éxodo fielmente. Si la familia es pobre y ha sido desahuciada, el gato, sobre el ajuar miserable, aguanta estoicamente el revés de la fortuna. Y el gato se encarga de soportar el irascible humor de la familia, cuando la familia sufre, o recibe los mimos suaves cuando la familia goza. Unas veces puntapiés, otras veces sobaduras tiernas en el lomo, el gato lo soporta y lo acepta todo, con aquella cauta filosofía que tanto le distingue. Y se le ve en lo alto de los muebles, limpio y sedoso, adornado el cuello con una cinta roja; o junto al fogón mugriento, al calor de las brasas familiares. Algunas madres frustradas adoptan al gato como a hijo, prodigándole las más dulces afecciones. Y por la noche, sobre todo en las noches de luna invernal, los tejados suelen convertirse en escenarios de amorosas tragedias; los mahidos de los gatos llenan con su música supersticiosa la calma nocturna.
En Buenos Aires se ven muy pocos gatos. Hay numerosas familias que desconocen al gato, que no lo han tenido nunca en sus casas. Esto parecería absurdo a muchas personas de otros países. ¿Por qué se ven pocos gatos en Buenos Aires? Es que les falta ternura a las familias porteñas? O es que no existen ratones?
La explicación de este fenómeno debe de estar en una de las principales características bonaerenses, o sea en la accidentalidad y nomadismo de los hogares. Las familias se organizan demasiado bruscamente: en tal caso, muchas cosas del hogar necesitan padecer el defecto de la improvisación. Dos extranjeros, llegados de opuestas zonas, se encuentran, se aman, contraen matrimonio. Son dos «déracinés», como dicen los franceses. Al unirse, cada uno de los cónyuges hace omisión de sus hábitos tradicionales. Recuerdan que en su casa de la patria remota había un retrato del abuelo, unas cortinas que bordó la madre en su mocedad, un sofá donde murió el padre, un gato viejo y maniático... Pero todo esto ha quedado allá lejos, interrumpido, roto, sin continuidad, como un primer tomo de una novela. Al formar familia, instintivamente enuncian el propósito de «empezar de nuevo». Empiezan, efectivamente, una vida, una cuenta nueva. Todo en ellos es nuevo, sin tradición y sin compromisos anteriores. Compran los muebles, los utensilios juntos, de una vez. No heredan nada de nadie. El hogar es un conglomerado de cosas anónimas adquiridas en los bazares. ¿Cómo podrían acordarse del gato? El gato presupone historia y tradición familiares. No habiendo historia ni compromisos con los manes de los antepasados, el gato no tiene razón de ser ni de existir. Es verdad que caza ratones, y esa utilidad de sus garras podría sincerar su existencia; pero la química con sus polvos venenosos, la ferretería con sus cepos automáticos, superan a las uñas gatunas. La permanencia del gato no se debe a la utilidad. El gato, en la familia civilizada, tiene un sentido más íntimo, más filosófico, y de esencia más oculta.
Los escaparates
Pocas ciudades aventajan a Buenos Aires en el lujo de sus comercios. Es un lujo imaginario muchas veces, un derroche de luz y de maniquíes, una fantasía de exhibiciones. Los escaparates porteños resultan una verdadera fiesta de adornos, de prodigalidad, y con frecuencia también de buen gusto.
Pero los escaparates, como todas las cosas, hasta las más vulgares, tienen su psicología particular. Repasando uno a uno los escaparates bonaerenses, es posible averiguar los vicios, las características morales, las pasiones de los habitantes. Observad, verbigracia, los comercios destinados a vender objetos comestibles, y descubriréis una nota original del carácter argentino: su escasa glotonería. Pero observad inmediatamente los escaparates de las tiendas de lujo, y conoceréis el prurito de ostentación que ocupa el mayor espacio del alma argentina.
Los escaparates de los almacenes y reposterías no están en Buenos Aires a la altura de su prestigio. Hay muchos bares, restaurantes, confiterías; pero esa profusión de lugares donde se come y bebe no significa, a lo más, otra cosa que abundancia de dinero. Falta, en cambio, el esmero de las muestras, falta la tentación de las golosinas expuestas con ánimo de sobornar la gula del transeúnte. Esto indica que el argentino no es glotón. Mejor dicho, no es vicioso del comer. Sus antepasados, agarrándose al churrasco, al mate y a la galleta dura, soportaban las empresas heroicas de la llanura. El puchero, que aun se mantiene en vigor dentro de respetables familias, habla mejor que nada, con su simplismo culinario, de la sobriedad platense.
Pero los escaparates de las tiendas de modas, adornos, bisutería, están hablando por su parte de la condición exhibitoria y fastuosa que llena el alma de los argentinos, así como de los seudoargentinos. Los comerciantes lo saben muy bien; las vitrinas de sus tiendas relumbran ante la mirada de las pobres mujeres fascinadas, y ante el ojo codicioso de los hombres. Gustan el charol, la seda, los encajes, las colas, las joyas, las plumas. Todo lo que concierne a la vanidad.
El horror a lo antiguo
Las casas viejas de Buenos Aires se van. Quedan muy pocas, y las pocas que quedan desaparecen con singular rapidez.