La muerte de las cosas familiares origina en todas partes un sentimiento de melancolía; cuando esas cosas, además de familiares, tienen un valor artístico, todavía la melancolía es mucho más acentuada y universal. Pero en Buenos Aires, por no se sabe qué fenómeno de psicología, todo eso no levanta la menor emoción. Caen las casas, se derriba lo viejo, huye lo familiar y lo histórico, y el alma pública sigue tan fría, como si esos objetos no la afectasen en nada. Se diría que la ciudad está poblada toda ella por gentes nuevas y adventicias, para quienes lo de ayer carece de sentido. Sus almas se diría que no guardan contacto ni continuidad con las almas antepasadas. Se diría una ciudad sin historia, sobre todo sin abolengo, cuya tradición comienza desde ayer mismo, todavía más: desde hoy...
Lo característico de Buenos Aires, y también de la vasta región que sigue sus inspiraciones, es una especie de horror hacia lo viejo. Repugnancia por la pátina,—he ahí lo que singulariza a la moderna sociedad argentina. Las casas todas son nuevas; cuando la pesadumbre de diez, veinte años, empieza a barnizarlas con el matiz inapreciable del tiempo, entonces se las derriba y se construye otras nuevecitas y flamantes. Los muebles tienen que ser nuevos también, para que los salones de una casa ofrezcan el aspecto de haber sido amueblados el día anterior por la tarde. Nada de antigüedad.
Los países europeos sienten gusto de estimar las cosas, no por su novedad, sino por sus anos; aquellas gentes entienden que una familia será tanto más noble, cuanto más generaciones pueda contar, y que los muebles, las casas, las joyas y los trajes ganan en nobleza con el tiempo. Se piensa allí que lo noble no es lo de hoy, porque toda nobleza heráldica o intelectual, necesita ser contrastada y discernida por los años, por los siglos. Se piensa allí además que la pátina es el secreto de la estética, puesto que un hermoso palacio recién construído, con sus piedras blancas y virginales, está recordando con exceso al albañil y al maestro cantero; parece haber salido de un taller, limpio, brillante, con la firma del arquitecto bien visible y las huellas de las manos del herrero en las verjas del parque. Mientras que, al contrario, un simple torreón viejo devorado por la yedra, ofrece, gracias a su adusta vejez y a su anónima factura, un efecto extraño de belleza. Es como si el torreón ese hubiera surgido hecho de la misma tierra, o como si toda una época, toda una civilización, hubiesen tomado parte en su obra. Del mismo modo se entiende, en esos países europeos, que el mármol, el marfil y el bronce ganan con el tiempo, así como las buenas y legítimas joyas, y que careciendo de pátina, el cristo de marfil y la estatuita de bronce, recuerdan demasiado al bazar de «objetos artísticos» en donde fueron comprados.
En los objetos del culto cristiano se advierte el mismo afán de pulcritud, la misma tendencia hacia lo bonito de los criollos. Los extranjeros que llegan de países seculares quedan sorprendidos ante el efecto, casi negativo, que ocasionan esos templos barnizados, desprovistos de penumbra y de ha grave austeridad que debe tener una casa de oración. Una catedral gótica, con sus sepulcros de mármol mohoso, sus altares un poco descoloridos y sus imágenes algo desportilladas, sería recibida en Buenos Aires con un mohín de repugnancia. Inmediatamente abrirían ventanas en los muros, para que las naves sombrías adquirieran luz, y los santos y los altares, las piedras consumidas por el roce de los siglos, todo eso que habla al espíritu religioso de una manera tan profunda, sería reformado, pulido, barnizado, puesto a tono con la general corrección mundana.
Tampoco se muestra la gente muy apegada a desempolvar recuerdos históricos de larga fecha. Todo cuanto se refiere a un siglo pertenece a la «edad antigua». La historia propiamente dicha comienza en la revolución de 1810; lo anterior a esa fecha corresponde a la prehistoria. Se sospecha que antes de ese año culminante de la revolución hubo hombres, quizá comerciantes, acaso artesanos: pero todo aparece borroso y vago, como podría aparecer a los ojos de un francés la vida de los galos prelatinos. No se quiere ahondar demasiado en los prolegómenos de la nacionalidad. En rigor, aquellos siglos preliminares en que se formaban la raza y el carácter merecen poca simpatía; es como si se tratara de cosas y personas extrañas, sin contacto con las cosas y personas actuales. Y, sin embargo, los pueblos tienen mucha semejanza con los vinos. Los buenos cosecheros preparan en un principio sus cubas, maceran los caldos, hasta que el recipiente se empapa y satura de esa que, castizamente, se llama «solera». Aunque el vino primitivo vaya enajenándose, las nuevas aportaciones se saturan del sabor originario, gracias a la poderosa virtud de la solera, y las nuevas cosechas, en infinitos años, conservan siempre el sabor y el tono de la elaboración primera. Los pueblos, asimismo, por muchas importaciones y renovaciones que sufran, guardan siempre la modalidad, enérgica, definitiva, que adquirieron en su formación. Por eso, con todas las aportaciones exóticas y multiformes que caen diariamente en la Argentina, la modalidad auténtica, la que se formó en los primeros tiempos de la colonia, se mantiene viva siempre.
Pero el tiempo pasará, y todo lo que ahora es heteróclito y renovado irá consolidándose. Las fortunas se harán cada vez más tradicionales. Las familias contarán entonces con un abolengo de varias generaciones. Y nacerá, si no ha nacido ya en pequeña escala y tímidamente, el amor y el culto por los antepasados.
Cuando llegue ese momento, los argentinos lamentarán la irrespetuosa manía de destrucción de sus antepasados. Modestas, frágiles y sencillas como eran, sin embargo, aquellas mansiones viejas habían guardado el aliento de los abuelos, en su ámbito se desenvolvieron las vidas antepasadas, y de ellas surgió el molde de la nacionalidad.
La marea humana
Todos sabemos que una ciudad guarda mucho parecido con el cuerpo humano: tiene un órgano vital, de donde fluye y se esparce la energía dinámica. El corazón es la urna que contiene el tesoro bullente de la vida humana; las ciudades poseen también su corazón.
El palpitante corazón de Buenos Aires se llama la City. Suprimid ese barrio vital, y la población no tendrá ninguna razón de ser; paralizad el movimiento febril de la City, y la ciudad habrá quedado inmóvil, yerta, como un hombre presa de un síncope.