Una de las cualidades de Buenos Aires que merece mayor aprecio, es su franqueza. Buenos Aires no engaña a nadie. Al extranjero que desembarca en los muelles, le ofrece como primer espectáculo el de la City, con sus bancos y oficinas de negocio. Hace, como si dijéramos, sonar un saquito de monedas al oído del inmigrante, para convencerle desde luego que en esa tierra de promisión no encontrará más que tópicos monetarios.
Otras poblaciones suelen ser hipócritas o convencionales. Presentan al viajero las severas fachadas de sus Universidades, liceos y pinacotecas, con la intención de aparentar una vida de divagaciones mentales. Pero Buenos Aires, mucho más sincero, pone en primer lugar sus Bancos y oficinas mercantiles. Así logra encadenar al hombre ambicioso, inyectándole desde el momento que desembarca el virus de la codicia. Una codicia franca y leal, libre de simulaciones.
La City propiamente dicha es pequeña: comprende cuando más una superficie de un kilómetro cuadrado. En ese espacio de terreno tan corto se encuentra lo más vigoroso y potente de la ciudad: los Bancos, la Bolsa, las agencias de navegación, los grandes remates, las oficinas de tierras y de seguros. Lo más vivo, todo cuanto significa fuerza financiera, está comprendido en esas calles privilegiadas.
Pero la City, a pesar de ser el corazón de la metrópoli, tiene aspectos tan distintos, que parece una ciudad extraña, un pueblo extranjero incrustado en la urbe criolla. El americanismo novelesco evoca en la imaginación formas ligeras e indolentes, colores claros y pintorescos. La City no es americana en ese sentido. Es de un americanismo yanqui; negra, fea y agria. La angostura de sus calles hace que los tranvías, los carruajes y las personas vayan disputando entre sí y eludiéndose a trompicones. Uno piensa con terror que camina por la calle de milagro, y se llega a creer firmemente en una providencia vigilante.
Y el ruido. No se parece al ruido disciplinado de algunas avenidas europeas, donde el paso simétrico de cuatro filas de vehículos recuerda a un ejército en marcha, a un torrente majestuoso. En la angostura de la City bonaerense, el ruido es desordenado, agudo, irritante. Los tranvías, rozando las aceras, arrojan al oído del transeunte sus latidos metálicos que crispan; los carros se enredan; riñen los conductores, se apostrofan y amenazan con los puños cerrados. Los nervios vibran. Y pasan rápidos los caminantes, empujándose, pisándose, obsesos en su única y común preocupación.
Sin embargo de su fealdad y su acritud, ¡qué emocionante es la City! Nada hay en Buenos Aires que me produzca una impresión tan enérgica, como un paseo por ese barrio cartaginés. Siento en sus calles como la brutal caricia de una ráfaga huracanada. Me acuerdo del Océano, de la tempestad, de los precipicios torrenciales, de todas las cosas primitivas y fuertes que acatan el imperio de la fatalidad. En esas calles tumultuosas recibo un aliento de sana y trascendental barbarie. Me olvido de las exquisiteces decadentistas, de las neurosis afeminadas, de los remudamientos intelectuales. La muchedumbre me rodea, me traga, y yo me veo arrastrado como por un torrente. Olvido y disculpo los encontronazos de los hombres, los atropellos de los carruajes; sobre mi naturaleza de hombre de gabinete, aquella marea oceánica ensaya sus golpes y ultrajes más imponentes.
Bárbaro y violento, todo aquello tiene para mí un sabor nuevo, extraño, excitante. Las caras rojas de los negociantes, la falta de educación y compostura, los ademanes bruscos, eso apenas roza mi sensibilidad. Todo lo brutal que allí reside, yo lo disculpo. La ola total me agarra, me lleva, me infunde vigor, como un gran trago de whisky. Siento que me asalta entonces la borrachera de aquella multitud encandilada, y el entusiasmo del ambiente se me introduce en la tímida alma intelectual...
X
PSICOLOGÍA DE LOS ANUNCIOS
Antes de visitar la República Argentina conocía yo varias de sus intimidades. La lección previa me la habían dado sus periódicos, grandes como océanos. Pero no aprendí a conocer esas interioridades en las columnas periodísticas, en sus artículos políticos ni en sus reseñas sociales o policíacas. Mi curiosidad bebía en unas fuentes humildes y despreciadas: en las planas de anuncios.
Cada pueblo tiene su fisonomía; tienen también las planas de avisos de sus periódicos un tono diferenciado. ¿Para qué buscar los datos en las planas principales de las hojas cotidianas? La verdad y el rasgo característico suelen estar allí casi siempre velados o atenuados. La civilización, obligándonos al uso del guante, quiere también que enguantemos nuestras ideas y emociones. Se escribe discretamente, envolviendo en eufemismos los pensamientos, poniendo sordina a la indignación y evitando los grandes ademanes. En cambio, quién es capaz de contener las exclamaciones rudas y sinceras de los anuncios? Los artículos pasan por el tamiz del director o del propietario, mientras que los anuncios llegan directamente de la calle y pasan a la imprenta. Pagan religiosamente su inserción, y en tal sentido se sienten con el derecho de decir la verdad.