La grosería de lo demasiado sincero es una de sus peculiaridades. Están ahí todos los días, revueltos y amontonados, gesticuladores. Nos hacen muecas raras y altisonantes, para que nos fijemos en ellos. Como los sacamuelas de las plazas, como los apóstoles de las sesenta religiones que actúan dominicalmente en los jardines de Boston o de Cincinati, esos avisos cotidianos se esfuerzan por atraernos. Si uno grita, otro grita más fuerte. Recurren a todos los arbitrios de notoriedad, y emplean en ello un ingenio sutil y estrambótico. Nos ofrecen todo, nos regalan todas las delicias, con tal de que les hagamos caso. Brindan la salud, la fortuna, la felicidad... Pero tan grotescos y charlatanes como son, en los anuncios está la raíz psicológica de un pueblo.

Más adelante, cuando una sociedad venidera intente reconstruir la historia prolija de nuestra época atormentada, necesitará recurrir a planes de comprobación muy delicados, y apartar la hojarasca de los datos numerosos y confusos. Ningún dato mejor que los anuncios. Las sociedades futuras observarán, por ejemplo, que el mayor número de avisos está formado de dos temas: la oferta de específicos medicinales y la invitación de medios para adquirir fortuna. Con lo que deducirán que nuestra época padece dos enfermedades distintas y una dolencia verdadera: intemperancia.

He dicho antes que yo conocía previamente los rasgos argentinos por los avisos de sus periódicos. Me gustaba, efectivamente, hundirme en la lectura de sus numerosos anuncios, desentrañar su sentido, gozarme en su pintoresca confusión. No he sentido después una sensación tan plena de la inconsciente juventud argentina. Yo me entretenía en el juego raro de «perderme» entre las columnas y planas anunciadoras de los periódicos de Buenos Aires, analizar su alma, discernir sus rasgos originales.

«Se presta dinero sobre sueldos y alhajas», es el aviso que menudea en muchas capitales burocráticas de Europa. En Buenos Aires también abundan los avisos de préstamo. ¡Pero qué distintos! Leed uno: «Dinero disponible, cualquier suma, para hipotecas. Largos plazos y amortización a voluntad del tomador». Hay otro más expresivo todavía: «Cualquier suma disponible, desde 10,000 hasta 1.000,000 de pesos...». Aquí no se trata de mezquinas usuras sobre sueldos; no se transparenta aquí, detrás del aviso, una vida de estrechez y de mal disimulada tacañería. La usura, en este caso, toma un aspecto magnífico. En ese millón de pesos ofrecido hay una enorme ambición de dar, y otra enorme ambición de arriesgarse en estupendas aventuras. Pueblo que vive del crédito, gente que no sabe ahorrar ni contener sus prodigalidades y sus apetitos; pueblo que carece de dinero, posee, sin embargo, la audacia de entenderse por cifras de millones.

La virgen tierra inacabable aparece detrás de los avisos como un mágico telón de fondo. La locura de la tierra, la locura de las especulaciones bruscas, rápidas, ilógicas, es una característica del país, la que le da el tono principal, la que le hace aparecer como un gran tapete verde en donde todo es motivo de juego y de azar; las cosechas de trigo, los rebaños, los barcos llenos de maíz. «Compro cualquier extensión de tierra, pagando al contado,» dice un aviso gallardamente.

La grandeza territorial de un país no saben expresarla bien los mapas y las geografías. Tantos grados de latitud, tantos kilómetros cuadrados de superficie: todas esas cifras geográficas no aciertan a darnos una visión clara de la extensión. Los avisos saben medir mejor. «En Río Negro, vendo 5,000 hectáreas, y dos fracciones con 10,000 hectáreas más o menos.» Este más o menos es de una real e ingenua magnificencia. Acostumbrado a ver las parcelas de tierra perfectamente medidas hasta el centímetro, un europeo queda asombrado ante esas elásticas mediciones, ante ese más o menos que bien puede consistir en 100 ó 500 hectáreas. «Vendo cuatro leguas en el Neuquen.» He ahí cómo los avisos de los periódicos son los más justos y expresivos historiadores de la Argentina.

Hasta en la manera de pedir y ofrecer empleos resultan grandes psicólogos los avisos. No se solicita trabajo en forma humilde y pordiosera, como en los países muy trabajados por la concurrencia. Los avisos dicen simplemente: «Necesito obreros; tres pesos por día.» «Jardinero experimentado, se ofrece.» No hay aquí ninguna imposición por parte del amo ni ninguna mendicidad del lado del operario. Se transparenta la libertad de contratarse, el ir y venir de los hombres a lo largo de los oficios, hacia la meta hipotética de la fortuna.

Luego viene el capítulo numeroso de los avisos de subastas. A través de esos avisos está viendo el lector la trama nacional, el ambiente de aventura, de engaños y de audacias. Se ve pasar una multitud de agiotistas, especuladores, locos, ilusos y temerarios. Hallazgos inauditos, sorpresas fabulosas, negocios pingües realizados en un día. Terrenos que se compran por la mañana a diez, y por la noche se venden a cien. Acaso pérdidas bruscas y jugadas más que dudosas.

También nos enseñan los anuncios a conocer el espíritu nómada de estos países improvisados, repentistas, sin cimientos en la tradición. Basta fijarse en la sección de compras y ventas. Se venden las casas como pudieran venderse juguetes. Se venden las casas con sus muebles, con todos los objetos familiares. En las viejas sociedades está la familia como pegada a la tierra y a los objetos caros. Antes de desprenderse de un mueble, una familia europea echa mano de todos los recursos defensivos, porque el mueble conserva el roce y el baño de la tradición. En aquel sofá se sentaba el abuelo; aquel crucifijo oyó las oraciones de la madre; en aquel armario se guardaban los mantones bordados y los abanicos de nácar de la abuela. Tienen aquellos objetos aromas espirituales. Pero en Buenos Aires los muebles son cosas sin expresión: se compraron ayer todos juntos, y como hoy han pasado de moda, se venden todos en montón. Nada dicen a las sumidades del alma donde se esconden los recuerdos. Nacieron de la vanidad y la vanidad los enajena. Van, ruedan, como los hombres, como las familias, como todo el país...

La gente vive muy aprisa y está enferma; pero no quiere morirse. Para enfermedades indefinibles se inventan medicinas fantásticas. ¡Pobre humanidad civilizada! Compras muy cara tu civilización. Los avisos de los periódicos lo dicen: necesitas excitantes alcohólicos para multiplicar la actividad del trabajo o del placer, y te hacen falta tónicos reconstituyentes para no caer en la consunción.