La sociedad requiere el whisky, el vermut o el cognac para ofrecerle al organismo una amplificación enérgica. Es preciso comer mucho, creando una energía artificial que nos permita dilatarnos hasta todas las solicitaciones de la ambición y de la sensualidad. Para eso se inventan los aperitivos. Cuando éstos no bastan, se inventan las panaceas reconstituyentes, los tónicos salvadores. Pero las panaceas farmacéuticas no son más que livianos paliativos o donosas mentiras. Entonces sobreviene la neurastenia, el histerismo. Los avisos lo dicen: Las tres cuartas partes de los médicos que se anuncian en los periódicos son especialistas de enfermedades nerviosas.

¡Enloquecer! Este es el destino de las sociedades ambiciosas, activas, incontinentes. El progreso exige que vibremos como cuerdas tensas y que no hallemos jamás el reposo o el término a nuestros apetitos apasionados ¡Más, más! Este es el mandato imperativo. Un algo trágico surge del maremagnum de los avisos. Entre el júbilo de las ventas y de los millones ofrecidos, se levanta la hostil catadura del farmacéutico trayéndonos un frasco tonificante. Cansancio, agotamiento; he ahí el corolario de la vida moderna. Y una locura ascendente, devastadora, que alcanza a todos los seres humanos.

Esa tragedia moderna está hablando ahí, en las planas de los periódicos. No hay novela, no hay historia tan íntimamente veraz y emocionante como los avisos de un periódico. La humanidad aparece en ellos desnuda, con el más desconcertante impudor.

XI
LAS MANSIONES Y LOS HOMBRES IMAGINARIOS

¿Qué cosa es lo real? Por el supremo valor que le damos al dinero, nos inclinamos a respetar como la cosa más real y positiva, un Banco, por ejemplo. Sin embargo, en Buenos Aires he perdido yo el respeto que me merecían, como a todos los hombres pobres, los Bancos.

Junto a los Bancos de la City se reúne una multitud de escritorios y pequeñas oficinas, de distintos tamaños, de nacionalidades diversas. Al principio sentía yo un gran respeto por esas oficinas, adornadas con todo el lujo de rótulos dorados, extensos cristales, tableros con cifras y cotizaciones, ingentes armarios de hierro. También me causaban respeto una especie de antros, a cuya puerta veía clavadas muchas, infinitas placas de cobre con un nombre o una firma comercial. Miraba al pasar el fondo de aquellas habitaciones, y descubría allí dentro un algo misterioso, una suerte de esfuerzos heroicos en que estaban empeñadas gentes audaces y patrióticas. Pero también les he perdido el respeto a esos antros... Ahora los miro como lugares cómicos, pintorescos, nidos de aventuras novelables.

Son unos locales espaciosos, compuestos de un patio largo al que convergen numerosos cuartos y gabinetes; en los pisos altos se continúa la misma distribución de habitaciones autónomas. Cada gabinete ostenta un número, como las celdas de una cárcel o de un hospital; junto a la puerta, una placa de porcelana o de cobre indica el apellido del dueño. Estos dueños asumen las más variadas y antagónicas profesiones. Unos son abogados, otros ingenieros, contratistas, rematadores de tierras, registradores, notarios, agentes comerciales, representantes de compañías navieras, de compañías pobladoras, de compañías de seguros; otros negocios y profesiones suele haber que lindan con lo fantástico. Cualquier persona que tenga el propósito de especular, pone su placa a la puerta de un gabinete, planta una mesa y cuatro sillas, compra una máquina de escribir y se pone a operar. ¿Sobre qué opera? Sobre nada, sobre el vacío. Ya es una empresa de seguros, ya una sociedad de avisos, de colonización, de cualquier cosa. En muchos de estos gabinetes se sientan, es claro, verdaderos abogados, verdaderos comisionistas y evidentes sociedades de colonización y de seguros; pero quienes dan carácter a la cosa son los otros, los imaginarios, los increíbles e inauditos.

¿Qué habrá ahí dentro?—me preguntaba yo antes.—Hay hombres serios que trabajan y operan sobre realidades; pero una muchedumbre opera sobre sombras y palabras. Allí dentro no hay nada, o hay cosas de apariencia y de ilusión. Este, por ejemplo, tiene en su mesa o tiradas por los divanes, muestras de un alambre nuevo para cercar campos; el otro presenta unas espigas de trigo cosechadas en un campo «que se dice que se vende y es una pichincha»; otros no presentan ni eso, como no sea una placa con un nombre, que es un enigma.

Pero en ningún escritorio faltan planos y mapas de pueblos y territorios lejanos. Los terrenos aparecen cortados por líneas simétricas, en forma de parcelas cuadradas: son los terrenos, los eternos terrenos que se ofrecen a la especulación, las fichas de este gran tapete verde de la república donde se juega a la compra y venta de fantasías.

Allí se fraguan negocios extraños. Pulula por allí una gitanería internacional, un picarismo cosmopolita, digno de la pluma de un Dickens. Nadie tiene allí punta ni asomo de idiota; todos son perfectamente linces, educados en la escuela de lo maravilloso. Se ve a un italiano asociarse con un andaluz, a un vasco con un ruso, a un inglés con un dálmata. Unos se engañan a otros, se echan la zancadilla, en un torneo de astucia. Esperan a los incautos y a los ilusos. Viajan en viajes repentinos y anónimos, para volver con informes y hallazgos recogidos tierra adentro. Tienden la red, como las arañas, y aguardan a la presa.