XII
UNA FARMACIA EN LA CITY

La torre del vigía

¿Cuál es el punto más estratégico desde donde se puede vigilar mejor la miseria humana?

Una sala de juego, un confesionario, un cálido salón de baile son culminantes sitios de investigación, en donde el ojo despierto penetrará como una saeta en la psicología humana. Pero existe otro lugar ventajosamente colocado sobre el panorama del mundo, o sobre el escenario social, punto obligado adonde afluyen los dolores del hombre y en donde la humanidad se muestra sinceramente en toda su pobre miseria. Este lugar de transcendente observación se halla al alcance de cualquier espíritu curioso. Se trata simplemente de las farmacias.

El boticario es aquel para quien no existen secretos. El sabe qué pequeños, qué endebles y cuán cobardes somos. Situado en su mostrador, ningún esfuerzo necesita hacer para averiguar nuestras debilidades. Desde que el día amanece hasta que la noche se cierra, todos nosotros acudimos anhelantes donde él y le pedimos la salud, la providencial salud para nuestra gran cobardía y nuestro estupendo miedo de morir. Y todos nuestros vicios de lujuria, de glotonería, de sensualidad impenitente, el boticario los conoce. Con más sinceridad todavía que al confesor, le revelamos al boticario nuestras flaquezas. ¡Oh discreto y tácito farmacéutico, que sabe callar tan filosóficamente y que no guarda para nuestra miseria la menor sonrisa de desprecio!

Alguna vez me ha arrastrado a la botica un malsano instinto de curiosidad, y allí me he complacido en asistir al desarrollo y tránsito de los gestos, las palabras, los elocuentes detalles del público, que acude con sus recetas y con su zozobra. Pero las farmacias guardan entre sí una vasta relación de categorías. No todas son igualmente entretenidas e ilustradoras. La botica de los barrios pobres, por ejemplo, sólo nos muestra un lado de la humanidad; la pobreza, la vil pobreza. Y cuando la pobreza se junta con la enfermedad, entonces surge un espectáculo que nada tiene de tentador. Son otras las farmacias sugestivas. Las situadas en los barrios ricos, ¡éstas sí que ofrecen largo tema de experimentación! Además tienen de favorable su ausencia de tragedia. El elemento trágico de las boticas pobres se convierte en tragi-cómico allá en las boticas que abastecen a los ricos. Porque el rico es un ser que teme a la muerte con un temor ridículo. Tiene miedo hasta de la sospecha de morir. Su regalona sensualidad se crispa a la más pequeña amenaza del dolor. Un simple dolor de cabeza le obliga a poner en movimiento al médico, al boticario, a todas las gentes cercanas. Y tienen razón después de todo. La muerte, para quien sufre en vida el hambre, el frío, la servidumbre y el vilipendio, hasta puede resultar una puerta amable de huída, de liberación; pero aquel que todo lo posee, justo es que se disguste ante la idea de abandonar unas cosas y unos placeres que no serán fácilmente substituíbles en otro mundo hipotético. Por otra parte, el miserable siente al morir que tiene derecho a una compensación; ante cualquier posible tribunal de justicia, el pobre está en el caso de reclamar el pago de deudas atrasadas. Pero quien lo ha tenido y gozado todo, ése, aunque no lo declare, mantiene la sospecha de que un justo tribunal posterior le habría de cargar en cuenta las satisfacciones anteriores. Pero esto lo dijeron ya otros labios más competentes. «Antes entrará un camello por el agujero de una aguja», etc.

Todavía mejor que en las boticas de los barrios acaudalados, es situarse en aquellas otras del centro de la ciudad. Las boticas de la City son las más instructivas, las más profundas y complejas. Media hora de observación en una de ellas equivale a la lectura de un folletín. ¿No queréis entrar?...

He ahí una farmacia de la City. Por lo común es extranjera y tiene escritos en los paneles de su fachada ininteligibles rótulos alemanes, franceses o ingleses, quizá porque al vulgo de los dolientes les presta más confianza la farmacopea de los pueblos lejanos: no hay que olvidar que en todo enfermo habita un supersticioso. Recorred con la vista los anaqueles y los mostradores: están llenos de frascos, botellines, paquetes y envoltorios, cuyas leyendas nos hablan de específicos providenciales, omnipotentes, todopoderosos. El milagro está allí, el soñado milagro de los enfermos. Ninguna de esas panaceas duda o vacila; todas afirman categóricamente su virtud curadora. Son hoy lo que eran antes los visionarios, los profetas y los elegidos de Dios; curan los males misteriosos, reportan vigor a los decaídos, infunden fuerzas a los desalentados. Es una repetición, en fin, de las antiguas magias. Y es que el hombre, por más que se empeñe en disimularlo, sigue siendo el niño grande, adorador de la fábula.

Numerosos carteles cuelgan al azar de las estanterías, de las columnas y de las paredes. Asesorados por dibujos llamativos, esos cartelones anuncian las virtudes múltiples y terminantes de los específicos, de las aguas medicinales, de los ungüentos y de las hierbas. La ciencia aparece allí convertida en un sacamuelas de plaza pública. Y se ven firmas doctorales de médicos, que atestiguan formalmente la exactitud de cuanto prometen los específicos. Industria, comercio, reclamo, añagazas, grandes palabras, enormes afirmaciones, todo confundido con apotegmas universitarios y bañado con un lustre científico.