Es un gran observatorio, de seguro. No dudéis en aprovecharlo. Desde allí se abarca el núcleo temblante, frágil, representativo de la pobre humanidad. Fuera, por los cristales, se ve pasar el torbellino de la gente, esa multitud sui géneris que va y corre por el barrio de la City con un temblor de marea turbulenta. Loca y febril, vibrante, la multitud pasa en pos de sus gruesos ideales; el dinero, lo mismo que una estrella celeste, le guía a través de sus fracasos y dolores; la codicia le espolea, y un trabajo brutal, nunca satisfecho, le presta esa inquietud trascendental y única.
Emana de esa multitud un aura de fuerza; las mismas casas obscuras y pesadas sugieren ideas de un vigor incontrastable. Todo lo que vive y transita por allí habla de fuerza y poderío. Los bancos llenos de dinero—suprema significación de potencia—y los restaurantes suculentos, así como las oficinas en donde se consagran los grandes negocios, todo eso aporta a la imaginación sugericiones poderosas. Son, indudablemente, cosas densas y firmes, cosas y muchedumbres vigorosas, formidables. Sin embargo, en la botica está el secreto; allí se nos revela el doble fondo, el reverso, la clave.
Esos mismos hombres de aspecto y ademanes fortalecidos entran en la botica y piden humildemente un tónico. ¡Una panacea, por Dios, que nos ayude a soportar la carga increíble de la vida! Ya está, pues, el secreto revelado, la mentira deshecha. Por debajo de la aparente fuerza, la humanidad transeúnte arrastra sus vísceras doloridas y rotas. Del torbellino pujante que pasa, van desprendiéndose los individuos, entran en las farmacias y piden el elíxir que ha de proporcionarles vigor para seguir andando, para continuar la lucha. La ciencia les da su calor como la mano maternal que enjuga la frente sudorosa del guerrero. Y luego, otra vez a las filas. Otra vez y siempre, ¡hasta la definitiva etapa final!
El arsénico, el yodo, el mercurio, la quina. Todas las substancias revividoras se ponen a contribución. Olores acres y exóticos, gustos ásperos, matices de color indiscernibles. Los organismos, al recibir la inyección de esas substancias misteriosas, perciben como una sensación de júbilo material, a la manera que el cansado corcel brinca y se enardece cuando el acicate del impaciente amo le espolea. Brincan los organismos, se llenan de un imprevisto vigor, y la carrera adquiere una súbita celeridad. ¡Adelante, siempre adelante!
Se le pide también al alcohol su virtud acicateante. Junto a las farmacias, los bares y los cafés, los puestos de comida y las cervecerías llaman la atención de los luchadores. ¡Entrad y reconfortaos! Y entran a montones, turbulentamente, en solicitud de una multi-nutrición. Comen glotonamente a dos carrillos, se hartan de jamón y huevos y manteca, la carne roja les chorrea grasa por los labios. Es preciso compensar con una sobrealimentación las pérdidas cuantiosas y diarias. Para poder alcanzar a tantos negocios, para tener asidos los vértices de tantas combinaciones codiciosas, hace falta exaltar la personalidad y hacer que un solo individuo posea la aptitud de diez o veinte.
Devoran, tragan, beben copiosos vasos de licor cálido. El apetito lánguido y perezoso requiere también la espuela del aperitivo. La musa demoníaca del alcohol vuela sobre las frentes y ayuda a que enloquezcan más aún, mucho más todavía. Todos vibrantes, tensos, como pugilistas en el estadio. Comiendo, bebiendo, gesticulando. Rojas las caras, brillantes los ojos. Y andar, andar sin freno, de una a otra idea, de este a aquel proyecto. Sumar cifras, levantar montañas de ideales. Manipular los billetes de banco con mano nerviosa. Sentir la infernal y sublime embriaguez de gastar dinero. Ver cómo van y vienen las monedas, al compás de un ritmo de locura. Oír la voz de las brujas que gritan en el alma, como en el alma de Macbeth: «Tú serás rey: tú serás rico»...
Mientras tanto el boticario combina sus drogas.
En los momentos de tregua, cuando nuestro espíritu se abisma en su soledad, acude a nosotros la revelación intrínseca y luminosa de los pasmosos engaños en que vivimos. Durante esas paradas que hacemos al margen del camino, llega a nuestra imaginación la síntesis final de las cosas, y vemos que, verbigracia, todo esto que tanto nos enajena, termina estúpidamente en un hueco de cuatro palmos abierto en la tierra. El boticario y el enterrador son aquellos amigos adversos que no se fatigan de aguardarnos, porque saben que no podemos faltar a la cita. Entonces nos entra una gran desgana, y como los cenobitas quisiéramos renunciar a toda lucha, ya que todo acaba tan simplemente, tan brevemente.
Pero quieren los hados que cerremos los oídos a la seducción ultra epicúrea del renunciamiento místico. Y otra vez, pasado aquel momento de alucinación intelectual, el hombre vuelve al torbellino. Nadie se libra de esos instantes lúcidos en que la vida se muestra en toda su integridad. Todos vuelven a incorporarse a la marea, aceptando como una solución la locura de este tráfago inverosímil, sin objeto, sin finalidad ni explicación. ¿Adonde se va? Nadie lo sabe. El mundo lo ignora. Se ha inventado una palabra vaga: progreso. Pero lo cierto es que el mundo, la sociedad, todos nosotros, obedecemos a esa ley de movimiento que se llama vida, de cuya ley ninguno podrá evadirse, tanto la planta como el hombre. Y la vida insaciable, al igual que los niños, pide siempre más.
Vivir más, con la mayor extensión e intensidad posibles. Más... Boticario, ¿qué haces que no mezclas más aprisa tus mágicas drogas?