A la luz de la luna es grato contemplar la ciudad inmóvil. Tiene la luna una eterna facultad de engaño, de manera que las cosas más torpes se espiritualizan al beso de su luz. La luna se complace en poetizar una tapia ruinosa, y de cualquier torre vulgar hace un poema místico. Las calles prosaicas de Buenos Aires se afinan y ennoblecen con esa luz fraudulenta de la luna.

El barrio de los ricos, por ejemplo, adquiere a la luz de la luna una suave espiritualidad.

El mismo río, mirado desde la boca de una calle del norte, se muestra argentado, poético, lleno de romanticismo; recuerda los lagos y los mares que los pintores escenógrafos ponen como decoración de las óperas antiguas. Y los palacios de ese barrio del norte, bajo la sugestión arbitraria de la luna, toman un carácter de cosa vieja, realmente aristocrática. Adquieren pátina, apariencia de vejez y de nobleza. El ánimo se olvida de que los palacios han sido construídos antes de ayer, por arquitectos anónimos, sobre planos de construcciones exóticas. Los palacios se ilustran y avejentan a la luz de la luna; las torres de pizarra simulan ser, en efecto, torres de mansiones feudales. Se piensa en damas nobiliarias, en pajes rubios y en señores de horca y cuchillo. Y así logran las familias recientes, que tienen por abolengo un honrado comerciante o un pacífico ganadero, igualarse a las nobles estirpes de las aristocracias europeas.

Entonces, cuando la luna navega por lo más alto del cielo y el silencio envuelve al barrio linajudo, uno quisiera poseer alguna virtud maravillosa de las leyendas; ser, verbigracia, como un «diablo cojuelo», capaz de destapar las techumbres de los palacios y sorprender el sueño de los salones, de las joyas, de las personas. Cruzar los corredores entapizados, oír el tic-tac de los relojes, y percibir y entender los latidos de las almas. Descifrar el sueño del señor que ha lanzado sobre un tapete verde una fortuna; interpretar el sueño de las damas, entretejido de cintas de cotillón y flirteos trascendentales; leer la última página del libro, que ha quedado abierto sobre el sofá; leer asimismo la última frase de la carta íntima, o la última nota del piano confidente. Y oír las palabras sin sonidos que se dicen las sedas y las plumas, la conversación imperceptible de los brillantes y las perlas, los cuchicheos y las risas de los pendientes, los collares, las pulseras. Todo ese mundo reservado; todas esas joyas y sedas que viven en contacto con las carnes rosadas; que se recuestan sobre el seno, en la parte del corazón; que aprietan los pulsos de las muñecas; que rodean las gargantas y oprimen las sienes; todas esas cosas calladas y leales que conocen los secretos del pulso y del corazón, que saben todos los matices de la emoción, que asisten a los más disimulados temblores de sus bellas dueñas; ese mundo tácito de cosas sabias e íntimas está ahí, sobre las consolas y mesillas, y uno siente la ambición de oírle hablar a ese mundo hermético, que lo sabe todo, y que sabe callarlo todo también.

Los teatros cierran sus puertas en el centro, en el corazón de la ciudad. Es aquella parte de la población que se destina a los gozadores impenitentes, llena de cafés y de bares, de farándula y de mujeres empolvadas. Cuando el resto de la ciudad se hunde en su sueño pesado, en esas pocas calles se mantiene aún la supremacía del vicio despierto, de la alegría repintada, de una alegría que tiene precio y que se cotiza brutalmente a la luz de los grandes focos eléctricos. Allí acuden las almas insaciables, queriendo prolongar la ilusión del día. Allí se congrega ese mundo difuso, heterogéneo, cosmopolita, como en los remansos de los grandes ríos se amontonan los restos de tantas correntadas. Ingleses de afilado perfil, alemanes de caras apopléticas, italianos gesticulantes, criollos irónicos, suizos borrosos y vulgares, algún yanqui ciclópeo, y después los tipos indefinidos, indescifrables, con rasgos tenebrosos y cataduras frías, siniestras.

Toda esa multitud se aglomera, oscila, habla, ronda en un pequeño espacio, como si todos los que la componen fuesen amigos. Nada, sin embargo, hay de común entre ellos, como no sea la unánime sed de placeres. Han trabajado durante el día afanosamente, sumando cifras, combinando negocios, moviendo los resortes de la vida económica del país. Al llegar la noche se sienten vacíos. Quieren lanzarse a quiméricas dichas, por esa ilusión romántica de que ningún hombre se ve libre. Se sienten vacíos. Vacíos de ternura familiar, de ideales domésticos, de ambiciones puras o espirituales. Su ideal de trabajo y de fortuna, su lucha por la conquista del triunfo financiero no les llena el alma lo suficiente. Al cerrar sus libros de cuentas, al cerrar sus oficinas, les queda un enorme vacío en el alma. Entonces acuden al teatro, al restaurant, al whisky, a la cerveza, a la dama de mejillas repintadas. Pasan las horas, se suceden los espectáculos y su vacío continúa sin llenarse. Más allá de la media noche, todos andan rodando, codeándose, con un no sé qué de angustia en las miradas. Algunos están ebrios y esos son los más dichosos—tan dichosos como los que duermen.—Y entonces, en plena calle, comienza la impudorosa cotización del placer femenino. Pasan las féminas carnosas, grandes hembras rubias arrancadas de las aldeas austriacas, polacas o rumanas. Se van por parejas. Otros se alejan solos, cansados.

Los violines, mientras tanto, dejan oír sus gemidos en el fondo de los cafés. Más de una vez he penetrado yo a beber cosas que no me apetecían, por escuchar las voces inactuales de esas orquestas asalariadas que se obstinan en prodigar sus sartas de ensueños ideales ante gentes distraídas y sordas. Cuando un café, pasada la media noche, está lleno de un público glotón o gesticulante, uno está seguro de que la música de esa orquesta se le reserva a él solo, como un regalo gratuito y sorprendente. Nadie hace caso de las lamentaciones del violoncelo; el violín primero ensaya en vano sus apasionadas frases; el tecleo elegante del piano no encuentra, de seguro, quien le atienda. Y, sin embargo, aquellos músicos obsesos, aquellos buenos padres de familia, que han dejado su hogar caliente y los hijitos durmiendo, todo lo olvidan ante la divina seducción de su arte amado, y tocan ardorosa, honradamente, como si, en efecto, les escuchase un auditorio atento. Pero nadie les hace caso.

Entonces es agradable entrar y encender un cigarro. Envuelto en la atmósfera de humo, en medio de aquella claridad fascinante de las cien bombillas eléctricas, apartando, con un esfuerzo de la imaginación, la realidad modesta de aquellos hombres que beben y gesticulan, uno puede entonces figurarse muy bien que la orquesta ha sido traída para él, y que los acordes de Beethoven o de Wagner se le dedican a él exclusivamente. Y puede uno soñar con las cosas eternas, puras, lejanas; con el cielo crepuscular de otoño, con un paisaje de primavera en la montaña, con el mar y los bosques...

Los violines, por último, interrumpen sus gemidos. Aquel trozo de la ciudad, de grandes focos eléctricos, de alcohol y de mejillas empolvadas, concluye por dormirse también. Canta un gallo imprevistamente. Una carreta madrugadora, cargada de verduras, pasa hacia el mercado...

XV
LA NOCHE DEL SÁBADO