Ya no existen brujas; sobre el prado maldito ya no aguarda el macho velludo y libidinoso la ofrenda de sus devotas nocturnas. Pero la noche del sábado conserva aún no se sabe qué olor de aventura y de tragedia. Modernamente, en nuestra edad metálica, económica y social, esa noche representa el fin de la etapa jornalera. Es la noche en que el jornal danza su baile tentador dentro del bolsillo proletario. La noche en que los apetitos, sofocados durante seis días, despiertan imperiosamente. Noche de vino y de francachela, de vómitos y de puñetazos, de cantos obscenos y de puñaladas en la penumbra.
El arrabal, en esa noche, se despereza torpemente. Pero hay otro síntoma de estremecimiento sabático en el centro de la ciudad, mucho más sugerente y representativo que el arrabalesco.
Tiene Buenos Aires una encrucijada nocturna, donde se aglomera, como milagrosamente, todo el vicio, todo el ocio, toda la incertidumbre internacional. En el espacio de cuatro o seis manzanas se reúne un número increíble de bares y restaurantes, de cafés y de tabernas, de teatrillos, de cinematógrafos. Todo ese mundo vicioso, alegre, pintarrajeado, que huele a alcohol y perfumes afrodisíacos, toda esa turbia ola de placer nocturno halla en la noche del sábado su expresión suprema de brillo y de grandeza. ¡Cómo no ha de existir grandeza en esa suma de la vida moderna y en ese espumante delirio de la inmensa ciudad que quiere, después de trabajar, morder la torpe fruta de los placeres monetizados!
Pero esa faz de la metrópoli tiene dos muecas distintas, como el rostro de un cómico hábil. Durante el día, las calles en cuestión toman un aspecto honorable, normal y sensato. Abren los comercios sus escaparates, donde se exponen cosas correctas y sin malicia alguna; transita la gente habitual; pasan las buenas madres y las honestas hijas; nadie se atrevería a suponer ningún ardid ni un doble fondo cualquiera en tan correcto sitio. Los cafés y bares, las tabernas y los tugurios parecen esfumarse a la luz meridiana. Están allí, sin embargo; pero cautamente se ocultan, se callan, procuran pasar inadvertidos.
Llega la noche y la escena cambia de tono asombrosamente. Entonces la decoración, las bambalinas y los personajes diurnos se desvanecen, y entran en acción otros telones, otros actores. Los comercios honorables han cerrado sus puertas. Y, como ciertos animalejos que reviven y fosforean al amparo de la sombra, así también los bares y los chamizos, los cafés y los escaparates pantagruelescos alcanzan, con la noche, un brillo y una existencia sorprendentes. Parece aquello un efecto de birlibirloque, el juego de un escamoteador. Las gentes son otras, las palabras distintas, las pasiones completamente opuestas. Y entonces queda uno asombrado ante la prodigiosa floración de tanto lugar alegre. Los bares y los cafés se suceden en forma continua. Casi no queda espacio para los otros comercios normales. ¿Cómo ha podido suceder?... Pero Buenos Aires es fecundo en esta clase de sorpresas y mutaciones.
La gente circula entretanto. Sale de un teatro para meterse en un café; sale de un café para reunirse en el fondo de otro. Beben, comen, vuelven a beber. Trasiegan los líquidos frescos o ardientes. Cerveza a grandes tragos, whisky a pequeños sorbos. La soda burbujea en los vasos, hace cosquillas en la garganta. A veces estalla el estampido de un corcho de champaña. Otras veces, cuando el vértigo culmina, los licores de alta graduación ya no se ingieren a sorbitos, sino a grandes e imprudentes tragos. Y esa gente, como si padeciera del mal de San Vito, no se resigna a estacionarse en un lugar; sale, entra, torna a salir en un peregrinaje de copas recientes y ampliamente vaciadas. Y por entre la gente pasan los cocheros, ofreciendo el maternal refugio de las victorias para los derrotados en la porfía. Y pasan del mismo modo las mujeres imprecisas, con sus ojos arbitrariamente agrandados, con sus palideces o carmines de engaño o tentación.
¿Quién podría discernir y catalogar esa muchedumbre? En ella existe de todo, como en un pedazo escogido de la humanidad. Están allí el burgués y el estudiante, el empleado y el cultivador de tierra adentro. Están asimismo los patoteros, los calaveras, los compadres, los buscavidas, los vagabundos, los pilletes, los rateros, los mendigos. Se oye hablar en infinitos idiomas. Allí se confunde el alemán de rostro encarnado con el inglés de perfil anguloso y pipa, oliendo a higos macerados. El capitán del barco que entró en el puerto por la mañana, y el estanciero de la pampa remota que vino a negociar, y que por la noche enlazó una buena comida de las ocho con una cuchipanda de las doce. Y pasan semblantes siniestros, rápidos, que dejan en nuestro corazón una sospecha supersticiosa, como si se nos anunciara la posibilidad de un asesinato. Bajo las chaquetas, ciertamente, reposan, bien ocultos y bien dispuestos, los negros revólveres.
Toda esa gente busca en la noche el premio a los afanes del día. Gente, en su mayoría, de inmigración: horteras, empleados de las compañías ferroviarias, oficinistas o buscadores de negocios. Mezclados con ellos bullen los muchachotes alegres, los hijos de familia que saben tirar tan puerilmente aquellos sesudos pesos que el padre reunió con tanta asiduidad. Pero los laboriosos están en mayor número. Son esos que han pasado el día sumando cifras, distribuyendo lotes o negociando con minas lejanas y con especulaciones seductoras. Han ganado un sueldo y quieren una compensación de placer. No se resignan a depositar la cabeza sobre la almohada sin haber tenido antes un relampagueo de ilusión. En las mesas de los cafés, en la atmósfera grasienta de los restaurantes, echan a volar su fantasía entre vaguedades beodas, fumando, riendo, atisbando las carnes rosadas de las mujeres funambulescas.
Ved ahí una síntesis de la civilización, el coronamiento del trabajo. La civilización pide voluntades enérgicas y consecuentes, soldados de férrea disciplina que trabajen sumisamente, sin preguntar las causas ni los fines, tal como el buen soldado no pregunta jamás las causas ni los fines de la guerra, sino que marcha al combate con estoica docilidad. Los fines de la civilización, ¿quién los conoce? Los mismos generales ignoran su interpretación. Un Rothschild o un Morgan, ellos mismos, son capitanes que accionan mecánicamente, a impulso de un fatalismo inexplicable, conducidos a la lucha monetaria por un deber indiscernible. ¿Quién conoce, entonces, los hilos y los motivos de la civilización?... Tanto valdría preguntar por el secreto de esa máxima energía cósmica que sabemos que acciona, pero que no sabemos por qué ni para qué.
Y esos soldados de la civilización que esgrimen plumas o rimeros de cifras, piden, en las horas de asueto, un buen botín de sensualidades. Se atracan, en efecto, con grosera glotonería, y a la mañana vuelven a su puesto. Hasta que un día caen. Otro ocupa su lugar entretanto. Y continúa la marcha ascendente de la humanidad, cada vez más rica en máquinas, en millones, en fuerza, pero también más rica en misterios cada vez.