La noche del sábado tiene en esas encrucijadas del centro de Buenos Aires una vehemencia sin igual. Es incomparable, porque se resuelve en un espacio tan corto, en tanta angostura y con elementos tan dispares. Están muy juntos todos, y sin embargo no hay entre ellos ningún lazo de solidaridad. Extraños unos con otros, de idioma desigual, casi hostiles, sólo los une el propósito inicial de sus vidas: la ambición siempre, y en la hora nocturna la sensualidad. Asoman la mirada por los cafés y ven el espectáculo humoso, confuso, de allá dentro. Mujeres y hombres se barajan sobre las copas de licor. Las orquestas ríen, los violines aguzan sus notas vibrantes, los violoncelos lanzan su queja estéril, los pianos teclean con presunción aristocrática. Y, frenéticos, dando grandes voces, los lustradores de botas gesticulan a la puerta de sus establecimientos. Y es un cómico cuadro el que ofrecen aquellos hombres presurosos, aquellos lustradores vertiginosos, charolando los botines de numerosos caballeros, como para una gran fiesta principesca que promete empezar en seguida. No empieza nada, sin embargo... Todo acaba después, entre bascas de vino y de tedio.
Fango quizá, tal vez grosería, vicio. Pero la noche del sábado significa una piadosa válvula a los afanes de la semana, una pobre compensación a tanta disciplina y asiduidad. El aquelarre de otrora se ha convertido en esta fiesta legal, sancionada por los vigilantes que montan la guardia, impasibles en la esquina, y alumbrada por las bombas eléctricas. Ya no vienen las brujas a caballo sobre sus escobas; el diablo no espera ya en forma de macho cabrío. Este es un aquelarre civilizado, menos tenebroso y obscuro que el anterior, que tiene también su diablo... «¡Vade retro!». Pero hasta el diablo se ha empequeñecido y familiarizado en este siglo de las cooperativas y del sufragio universal.
Y aquí termina mi impresión de la urbe tentacular, del caótico Buenos Aires, del núcleo dinámico más grande de Sur América. ¡Joven y ya inmensa ciudad, como una fuerza de la Naturaleza que obedece a impulsos fatales y cuyos fines y aspiraciones sería inútil querer explicar ni reducir a concepto!