El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí, mutuamente incomprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa, ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados, cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la libertad personal.

Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en casitas pintadas, coquetonas. A la soledad majestuosa de las llanuras, seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras; los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las vendimias.

Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de las ciudades atareadas...

El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo bronco: bum, burrum, bum.

Octubre, 1912.

II
LA DOCTA CÓRDOBA

Cuando el tren camina con más entusiasmo, a la dorada luz del sol matutino, el viajero queda perplejo al ver que la llanura inmensa, la abrumadora llanura argentina, se deprime bruscamente, como por efecto de un encantamiento. Allá en el fondo de la depresión, una multitud de casitas y ranchos sobresalen entre las arboledas. El paisaje ha tomado repentinamente un aire rudo y enérgico. La monotonía de la llanura, la suavidad de las líneas prolongadas hasta lo infinito, se traducen en unos desniveles y bancales poblados de matas, bosques y zarzas. Una población extraurbana, numerosa y típica, bulle por aquel paisaje intempestivo. Las casitas de adobe, los ranchos de paja, asoman entre las tunas. Y las gentes, con su color moreno y su aire netamente criollo, evocan en la imaginación un mundo muy apartado del Buenos Aires europeo y descolorido. Un poco más adelante, en el fondo de la depresión, ocupando el lugar estratégico del valle, aparece Córdoba.

Primero no se ven más que torres, sobresaliendo del semioculto caserío. Y esas torres distintas, extemporáneas dentro de la igualdad pampeana, son para el viajero una nota llena de simpatía, algo como un hallazgo providencial. Porque el viajero, si es de índole un poco artística, ama precisamente aquellas cosas que se apartan de lo común, y sobre todo las cosas que tienen fuerza evocativa. ¿Y puede haber algo tan evocador, como un ejército de torres levantándose sobre una ciudad histórica? En cada torre hay un mundo de recuerdos, de creencias, de controversias o de fanatismo: pocas cosas existen en el mundo, efectivamente, que sugieran tal suma de ideas y contrastes como unas torres levantándose sobre una ciudad. Y como la ciudad de Córdoba aparece a la vista del espectador tan erizada de torres ingentes, uno se imagina bien pronto la profundidad histórica que ha de existir en ese pueblo interior, colocado en el mismo centro del antiguo virreinato.